Cortázar es para mí uno de mis escritores favoritos. En toda la extensión de la palabra. Quiero decir, era un hombre, a juzgar por las entrevistas que de manera recurrente observo en los videos, sumamente inteligente y brillante. Sabía armar en su mente una serie de diagramas y silogismos de gran magnitud que sorprende que no se extraviara en el desarrollo de las ideas.
Otro rasgo interesante que tenía es su entrega total al oficio de la escritura. Es verdad, de acuerdo a la biografía del escritor, en sus inicios fue un profesor que ejerció en zonas marginadas de Argentina, es verdad también que en la UNESCO se dedicó a trabajar como traductor. Sin embargo más que su pasión, su única forma de vida era la de ser escritor.
Siempre vivió y pensó como escritor. A diferencia de otros escritores, por ejemplo, los de la generación del Boom, que se dedicaron al periodismo o la diplomacia, él se dedicó tiempo completo al oficio del escritor. Y sus obras resultaron verdaderamente magistrales. Era un hombre además de inteligente, culto.
Culto en el sentido de que desarrollaba una habilidad de pensamiento y tenía una noción clara del curso de la historia. Algo que lo exoneró de complicaciones políticas fue que se mantuvo al margen de ello. Su voz siempre fue literatura. Cortázar fue un ente singular en la historia de la literatura. Fue congruente con sus acciones y sobre todo, un gran amigo.
Hay quienes llegan a afirmar que además de su pasión por el jazz y el boxeo, fue un prolífico epistolar. Las cartas que redactaba para sus amigos, contenían una riqueza reflexiva y, lo que es mejor, literaria. Afirman algunos que son grandes textos literarios.