Todos nosotros, estimados lectores y un servidor; de alguna manera estamos conscientes de algunos pasajes de la historia cultural, en la que se han suscitado acontecimientos contradictorios por un intento de censura en la quema de libros en la vía pública. Son eventos que a título personal me han intrigado: ¿cómo es posible eso? Esa idea me empieza a carcomer el día de hoy al leer una nota.
Llegue un momento a pensar que los libros eran además de un objeto que permite el intercambio de ideas entre un autor y un lector. Que al cerrar el libro, podría este último, quedar inmerso en un estado de reflexión y/o introspección. O, en el peor de los casos, quedarse decepcionado, por ejemplo, de haber leído una (pongamos como ejemplo), una novela, porque la trama ya “está quemada”.
Esa es la única posibilidad de que un libro pueda quemarse: a través del plagio o de la obcecada intención de escribir “lo que está de moda”. Y sí. Pasa. A veces en una especie de “lapsus brutus”, que me llega a presentárseme, cuando la ironía como actividad reflexiva me rebasa, que un libro accidentalmente se puede quemar: esto es, a través de un calentamiento excesivo de la batería del kindle.
En fin, continuo leyendo la nota periodística y me avisa el reportaje otra posibilidad ya utópica, de que los libros en papel, en ese debate ya insulso, si bien no podrían quemarse, iban a desaparecer. Todo lo contrario. De hecho, Amazon en una actitud genial (que no es una consecuencia del acto de un genio), se “fusilo” (“quemó” se dice coloquialmente), la idea de vender libros.
¿Las librerías irían a desaparecer? Se llegó a pensar. No. Al contrario, usan Amazon como canal de distribución. En fin. Los libros, se puede afirmar sin un afán moralista, no se pueden y/o deben quemar. A propósito, mi vecino se ha “quemado” un cigarrillo.