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Los delincuentes siguen llegando, incluso los rivales. Comienzan algunos problemas. Un delincuente de Caña de Azúcar pretendía entregar una corona de flores; pero no lo dejaron pasar. Todos dicen que quería ver muerto al Petete y ya que lo está, ha venido traerle flores. Nadie lo acepta. Antes que todo se complique, el tipo echa dos tiros al aire. Tira las flores en el piso y se va. Los otros delincuentes enemigos del Petete son más comedidos y se conforman con estar allí, alejados, sin llamar la atención.
Si alguno de los bandos se acerca, habrá tiros y dentro de los funerales no hay peleas ni batallas, eso sí que es una falta de respeto. Pero como todo, hay excepciones. De cualquier manera, saben que deben comportarse, sino podrían acabar también en una urna. Entonces la policía llega y suenan la sirena. No se bajan, saben que es peligroso, tampoco los delincuentes hacen nada.
— vamos a entrar a la funeraria. Mosca, esta gente puede dispararnos, pero adentro vamos a saber cuántos solicitados hay aquí. Luego, nos vamos tranquilos, ¿ok? Señores, ¡si la cagan, somos hombres muertos! —es la orden que da Adamez.
Van caminando tranquilamente, pero con los sentidos alertas. Saben que una pistola puede salir en cualquier momento, lo que sea. Van con cautela.
Una vez que acceden a la capilla, el ambiente cambia drásticamente. Afuera hay un caos pero aquí adentro, todos están tranquilos, hablando, rindiendo la despedida final al fallecido. Para David es muy extraño. Va pensando que temprano en la tarde, mató a ese sujeto que está en la urna y ahora ve a su familia sumida en el dolor y el llanto. De hecho, de todas las personas que ve, ninguna de ellas parece criminal.
— los malandros están afuera, aquí sólo hay gente decente —susurra el agente Taza, que anda con David. Él asiente, aprobando la observación del subalterno.
El otro agente está hablando con el personal de seguridad, que ya les está contando los pormenores. La funeraria preferiría no aceptar delincuentes muertos; pero debido a que los tiempos son difíciles, no les queda opción, pero cuando lo hacen, se preparan para todo: ya ha pasado que los delincuentes entran y hacen un desastre, incluyendo la profanación del difunto.
David llega a donde está la señora. Tiene el informe en la mano del muerto que está siendo velado. Ya entiende por qué desde la comisaría trataron de que él no fuera. Esa gente, por mera impotencia, podría matarlo. Le dice al agente que hable con la señora, que le tome una breve declaración y que le diga que están allí para ayudar. Que cualquier cosa que los llame y da el número celular asignado a cada unidad.
La señora habla con el agente. A pesar de todo, se muestra muy receptiva y agradece. Luego hablan entre policías. Pero llega Yubileisy y se pone hablar con ellos:
— miren, yo sé que uno de ustedes mató a mi hermano; pero sé que si no la hacía, estarían velando a ese policía. Mi hermano hizo muchas cosas malas, y bueno, el que a hierro mata, a hierro muere; pero ¡Dios mío! ¡Qué dolor se siente! —David está estupefacto, pero se concentra y le da el sentido pésame y le dice que el policía que lo hizo, a pesar de que fue parte del cumplimiento del deber y que se vio obligado hacerlo, para salvar su vida y de otros, está muy perturbado.
— Matar a una persona es cosa seria —comenta.
Luego, el otro agente le presenta la información que ha recaudado. Le cuenta que los malandros están afuera, haciendo su despedida, a su manera. En eso, les dice para tomar el café que han puesto la gente de la funeraria.
“¿será bueno o de esos artesanales? Con esta escasez la gente inventa y algunos llegn hacer buen café; pero otros les sale el tiro por la culata. —pregunta David Adamez. La señora le dice que es de marca. David sonríe.
Los policías discuten la situación. Si se quedan corren peligro, pero si se van, los malandros harán su desastre. En las condiciones en que están las cosas, tampoco pueden pedir refuerzos pues en realidad no está pasando mucho y tan pronto vean las patrullas los delincuentes se escaparán.
Así que se toman el café y salen como entraron: con suma cautela. Cada paso que los acerca a la patrulla atrae más miradas. De repente “¡asesinos!” grita alguien.
—no pares bola y sigue caminando. —Dice David. El agente obedece. Hay una pita general. Se montan en la patrulla y se van.
Pero se detienen más adelante y dan el reporte.
— la situación está relativamente calmada, pero hay delincuentes y han dicho los testigos y la seguridad de la funeraria que lanzaron tiros al aire. Están consumiendo alcohol. Podemos hacer que se vayan, pero necesitamos apoyo, nosotros solos no podemos, es muy peligroso. —Concluye David.
Les ordenan dar vueltas y hacer que la licorería cierre. Así que disimuladamente, dan la vuelta y van en la licorería, que recién acababa de vender.
Los policías se bajan y observan el panorama. La gente que anda por allí se aleja de la licorería. Los policías hablan con el dueño:
— ciudadano, cierre la licorería. Si no, la cerramos nosotros, con Fiscalía y todo. Buenas noches. — saben que le está vendiendo a los malandros que están propiciando el bochinche, por no decir que no puede vender para consumo en el local. Y como tiene los papeles del negocio vencidos y no está al día con los impuestos, prefiere cerrar. De todas maneras, ya vendió bastante.
Se van en la patrulla. Algunos se paran enfrente y ven pasar a la patrulla de manera desafiante. Pero los policías no hacen caso, deciden vigilarlos de cerca y esperar la queja de la gente. Esta vez irán con refuerzos. David reporta que la gente está alebrestada; pero no hay desorden.
— Pido al comando que prepare la brigada especial y que cerremos el perímetro a dos cuadras de la funeraria, para cuando tengamos que intervenir, podamos detenerlos. Creo que hay muchos delincuentes, pero si vamos sin controlar la situación, podría haber un enfrentamiento. En todo caso, va a ser difícil, por lo que solicitamos refuerzos. —Así termina su reporte.
No le dicen que sí, pero tampoco que no. En todo caso, mandan dos patrullas más, cuatro agentes adicionales, se sienten un poco más seguros, pero de todas maneras, el grupo es muy grande y ellos demasiado pocos.
La gente sigue en lo suyo de beber caña y echar cuentos de malandros. Echan vaina con las mujeres, algunas de ellas son delincuentes también. Algunos están fumando marihuana. No prestan atención al hecho que ahora hay dos patrullas.
La caña se agota, así que van a la licorería que ya está cerrada. No le atienden y comienzan a patear la puerta del negocio y hacer amenazas. En ese momento, suenan dos tiros y el comerciante, que vive en la parte de arriba se asusta aún más y llama a la policía.
Las patrullas llegan y nuevamente los delincuentes se escapan, pero esta vez le ordenan a los que están allí que se vayan, que están alterando el orden público, que van a ser detenidos. De la turba salen voces que dicen que ellos están en un velorio, que ellos no tienen armas y que no están haciendo nada malo.
— no joda, estos pendejos nos ven cara de guevones. Hay que agarrarlos. —Pero al no se les ocurre nada. Si se baja y va con los otros policías, podría haber un enfrentamiento. Y ellos están en desventaja numérica. Así que se limitan a dejar las patrullas paradas, en medio de la calle, delante de los vehículos. Avanzan. No queda mucha gente y la policía se retira.
También, están interesados en esos vehículos, todos han tomado notas de las placas y ya las han reportado. Van detrás de los vehículos y uno de ellos está solicitado. Siguen el rumbo y lo ven, piden a las patrullas de la zona que lo detengan. Dos minutos después lo reportan detenido y van.
El carro fue capturado y resultó que los tipos estaban solicitados, los tres. Son esposados, figuran por robo, homicidio, prófugos de la justicia. Ahora tendrán que rendir cuentas. En el velorio, el bochinche se ha reanudado. Llegaron los que se fueron y esperan a otros carros, que ahora están detenidos y ellos no lo saben. Ponen otra vez música a todo volumen, aparece más caña y nuevamente, siguen como estaban.
Adentro de la funeraria, el descontento se va transformando en rabia. Si así va a ser toda la noche, será un martirio y con velar a un muerto ya tienen bastante. Uno de los que están afuera quiere pasar, a despedirse y darle caña al difunto. Le dicen que no y el vigilante le bloquea el acceso. Entonces, el tipo le da una patada a la puerta. Esa es la gota que rebosa el vaso.
La madre del Petete agarra su celular y marca el número que le dieron los policías. Cuando le contestan, habla con Adamez. La señora le dice que la cosa volvió a ponerse fea. Le dice que ponga orden porque eso va a seguir toda la noche. Adamez está de acuerdo. Ella le cuenta otras cosas más, cuando el sujeto que quiso entrar a la fuerza. Le dice que la gente se está drogando afuera y que teme que se vayan a volver locos y hacer un desastre.
El policía le dice que sí, que ya van a ocuparse de la situación. Entonces, alertan al comando, incluso la GNB ha venido a apoyar, con un grupo de efectivos bien armados y una perrera. Se han posicionado cerca, sigilosamente. Ven de lejos que el bochinche está armado y de repente suenan varias detonaciones.
Eso es lo que necesitaban. Llaman a la comandancia. Dan luz verde. La madre del Petete comete una imprudencia: sale a la calle y comienza a gritarles a los bochincheros. Nadie le hace caso, incluso, alguien le dice que deje que todos vean a su hijo, que ella no es la única con derecho. Eso la molesta muchísimo. Ella trata de decir algo, pero se convence de que es inútil y regresa. La hija le dice:
— mamá, ¿tú estás loca? ¿Qué ibas a buscar afuera con ese poco de salvajes? —y la abraza. Llegan más refuerzos, algunos del equipo anti motín, otros toman armas automáticas, escopetas y bombas lacrimógenas. Se han formado como para disolver una manifestación, aunque también pueden enfrentar una banda alzada. Aquel ataque se va a librar en cualquier momento.