Ella se quitó la parte de debajo de su bikini y luego me quitó el short. Marú estaba topless en la arena, esperando nuestras llegada, y luego comenzamos a revolcarnos, procurando que la filosa arena ocupara nuestra piel, nuestros juegos eróticos.
Fumamos.
La verdad es que nadie se dio cuenta, estábamos en guerra franca con nuestros sentidos. Salimos de la playa como a las 6 y llegamos a casa de Karen a eso de las 9.
La vaina estaba medio confusa, así que caí rendido en la cama de Karen, donde ya estaban ellas sumidas en el mar de los sueños. Pero yo no. Me levanté y fui a la cocina, donde la mamá de Karen ya preparaba la cena. Hacía unas arepas. Ni idea de qué hora era, así que me senté en una silla, adormilado.
—¿Quieres café? —Me preguntó, conociendo mis mañas, que de seguro le habría contado Karen.
—En esta casa siempre hay mujeres, haces falta —Me dijo, como si yo pudiera llenar esa carencia. Me dio café y siguió en los suyo. Me senté en una silla que me permitía verla, hablar y ver el paisaje que ofrecía la ventana. Me bebí el café sin prisa alguna.
Pensaba en Karen, quien me llevaba por caminos intransitables. Era la única mujer que conocía que tripeaba escuchando el Bolero de Ravel y cosas como esa como si estuviera en un rave en Amsterdam. Podía escuchar el ciclo completo de Wagner, sobre todo, le gustaba el ocaso de los dioses. Momentos de plenitud, donde un silencio es infinito como un abrazo y nuestros labios se movían con la energía de las placas tectónicas que separan los solitarios continentes.
—Menos mal que conoces a Karen —Me dijo Andreina, interrumpiendo mis pensamientos, sabía que pensaba en su hija.
—Su último novio no podía con ella. Era un buen muchacho, pero no daba la talla con esa loquita. —Concluyó. Yo seguía pensando en Karen. Sí, pensaba en ella. Andreina comenzó a hablar de Patricia, de lo diametralmente opuesta que era en apariencia a nosotros.
—No se preocupe, señora, somos caimanes del mismo pozo. Ella está tan bien como nosotros. —Le cuento lo rica que era la familia de Patricia y de los lugares donde había vivido. Le gusta hablar y echar vaina, pero sabe cuál es su lugar. Es alegre, sobre todo, cuando la conoces bien y ella confía en ti; Finalizando lo que tenía que decir sobre Patricia. Entonces, se va a entender con Karen.
Sí, se entendían, pero también tenían su guerra secreta, su amor secreto, su odio secreto. Claro que no le dije nada esto, ella está mejor ignorando los secretos de su hija. Pero todo estaba lleno de estos secretos, pequeños o grandes, maldición, esto provoca tragedias. Al final, comí, me despedí y me fui a la calle.
Fui a mi casa y me bañé, me vestí y fui a dar una vuelta, pero me encontré a Julia y decidimos ir al centro. Hacía brisa fresca, no fría, había gente en la calle, pasamos por la plaza de la soledad y estaban los rockeranchos, quienes nos vieron como si fuéramos dos vacas que pasan por ahí. Los conocidos nos veían y Julia estaba a mi lado, ignorando lo que ocurría. Ella, bien arregladita, rosada, con olor a fresa. Le pregunté si quería un helado.
—Sí, pero vamos a las Américas, —Dijo, pronunciando las palabras con su ridicula sifrinería.
—Quiero una barquilla de chocolate y fresas y yo sé que quieres ron con pasas y chocolate —y mientras lo decía, tocaba mi costado con la punta de sus dedos.
—Mira, no quiero que andes hoy en la calle, no quiero que bebas, procura dormir, por favorcito, trata de descansar. Se nota lo destruido que estás —Decía, con un tono cariñoso y protector que me convenció.
— ¿Dices que necesito descansar? Pregunté muy distraído.
—necesitas dormir ya basta necesitas sacarte el veneno que has consumido —me dijo. Pero resultó ser una revelación porque sabía de qué veneno me hablaba, de uno más potente que la serpiente nocturna que libera la muerte entre nosotros. Julia hablaba pero yo estaba desconectado.
—Mira, necesito un baño, digo, necesito bañarme, pero no quiero ir solo a casa. Debes entender que no debo ir solo para allá —Le expliqué parte de la situación, que me estaba azotando el síndrome de abstinencia y que terminaría cometiendo alguna lamentable tontería. Julia es bella, aunque demasiado joven para mí. No sé cómo, peo terminamos hablando de religión, le dije que soy luterano y me contó que es católica y va a misa.
— ¿Ya hiciste la comunión, la confirmación, lo que sea? —Pregunté.
—Sí, ya hice todo eso. Y la confirmación también. —Me respondió.
— ¿Y qué se supone que confirmas? —Volví a preguntar, esta vez mirándola directamente a la cara.
—La fe, tonto. —Respondió ella, tratando de dejar de lado el tema.
—Eres lesbiana, consumes, blasfemas, vas a la iglesia... no sé, explícate —le dije, inquisitoriamente.
— ¡Yo sí creo en Dios y tengo derecho a ser como yo quiera! —Me respondió con arrechera, así que la dejé en paz, más tarde la jodería con aquello de Sodoma y Gomorra.
Julia me tomó del brazo y salimos caminando de esa plaza. Ella me contó que en realidad iba a misa porque creía en Dios y trabajaba ayudando en un centro de rehabilitación de muchachos drogadictos y con problemas de conducta. Los chicos le hacían caso porque ella es bella y siempre les sonreía. Supongo que les gustaba esa chica y alguno hasta se habrá enamorado. Alguno habrá intentando cogerla o algo, pero ella es la que decide meterse en esas aguas.
Pensé en ella al día siguiente, justo cuando iba a casa de Karen y la esperaba, ya que se estaba bañando con Marú. El cielo tenía un tono mortecino, aburrido, sentía la frigidez del mundo. Pensaba en lo que una vez me dijo Patricia, que la muerte debía ser como la tierra que se consume bajo el sol de abril. Marú y Karen entraron en un cuarto, desnudas y secas, listas para vestirse.
Veía las paredes, las ventanas, los cuadros: todo el sentido secreto e íntimo de la tierra. Las chicas, más divertidas que yo; hablaban, bailaban, se vestían, trataban de provocarme.
— ¡Dean lo debe tener bien parado! —Dijo Marú, tratando de pillarme en una. Pero mi cabeza estaba tan metida en el infierno respectivo que no me hizo gracia. La noche antes conversaba con una chica, dando vueltas por ahí, animados por el alcohol y por la vibra que había en el ambiente.
Karen era perseguida por un montón de idiotas y ella fingía pararles bola, sólo para joderme la existencia. Marú andaba por ahí y no nos perdía de vista. Voces, risas, sin mucha vaina. Karen, Marú, todos alegres y desahuciados, la noche parpadeaba, todos sonreían. Por supuesto, algunos equivocados en la fiesta, que trataban de buscar bronca, eran varios, pero nadie les paraba bolas. Hablábamos de algunos proyectos, estaba el viaje a la India, las drogas que probaríamos en México, los placeres que gozaríamos. Karen interrumpió y dijo algo que nos dejó en silencio:
—Dean, siempre estoy pensando en ti.