Murió en Maracay, en el hospital de la cruz roja. Murió a causa de una turbeculosis agravada por una infección hepática; causada por el SIDA. Murió en la noche, después de que me fui, supongo que él no quería que lo viera morir. Regresé a casa, hasta que en cierto momento tuve la premonición de su muerte. Siempre he oído que la muerte no es nada, que pasa y no más. La paz no existe. Patricia preguntó si alguna droga podía dar paz. Le dije que la morfina da ese estado. Además, todo es droga: sexo, religión, culto, trabajo, éxito, la imagen etc. etc. Ella parecía sorprendida y me preguntó que qué tenía que ver el sexo con todo esto y le dije que tiene que ver con la necesidad de llenar el vacío, de calmar cierta hambre, no sentir el silencio.
Ella comenzó a decir que el suicidio era algo tonto, cobarde, irresponsable. Tal vez pensaba que yo iba por ese camino. Comencé a hablar de Esteban, como si fuera un amigo que murió hace mucho tiempo atrás. Nadie tuvo la culpa, —pensaba él— ni siquiera quien lo contagió, tal vez una prostituta adolescente de la India o una jeringa usada de Ámsterdam. Esteban estaba muerto, había que aceptarlo. Me fui al llegar los primeros rayos de la noche. Se levantaba la luna, llena de óxido. Andaba con Marú, quien preguntaba por algún control. La heroína resulta ser como una amante traicionera. Definitivamente mortal. Le dije que invade la sangre, diluye el alma, pero endurece de tal manera que la muerte se convierte en un tránsito insignificante, prácticamente irreal. Todo lo que se llega a saber se convierte en medias verdades y en misterio. Es como Frankenstein, quiere tu mente, tu adorable cabeza. Pero igual, en todos lados, mueres.
Yo estaba bastante sorprendido pues no podía hablar con alegría o sobre la alegría, no estaba triste, pero el primer sentimiento se había esfumado de mi mente y sólo entonces pude darme cuenta de lo perturbado que estaba. Amaneció y me calmé un poco; pero el asunto estaba en mi cabeza de tal forma que no pude descansar nada. Me enfurecía ahora la voz de Patricia, porque ella sabía lo que iba a pasar y se hacía la pendeja.
Los primeros movimientos de la mañana me hicieron salir de mi habitación. Fui a desayunar y luego a buscar a Julia, que debía estar en la universidad. Karen se echaba colirio en los ojos. Marú me llamó de lejos:
— ¡ven al cafetín, tómate un café! —Mientras, Marú hablaba pero yo no la escuchaba, busqué en mis bolsillos unos billetes. Las chicas comían, y yo con mi café. Me olvidé de estar allí.
— ¡Somos las propias, como nos hemos divertido! —Decía Patricia, su exclusión ya era un signo de mal presagio que a Karen no le cayó bien. Ellas reían, complacidas en sí mismas, Karen luego se separó de esa comunión y comenzó a ver a la distancia, perdida en el silencio de una virgen suicida. A trompicones, pude llegar al mediodía. Los salones de la universidad parecían un gallinero, la materialización de la cárcel invisible. Me hundía cada vez más en mi profunda noche, mientras un profesor me reconoció y trató de entablar una conversa conmigo, se notó su sorpresa y ansiedad de hablar con alguien de élite. Decidí distraerme, y comencé a hablar con ese sujeto, quien me invitó a su clase. Yo le pregunté cuándo y me dijo que cuando yo quisiera. En fin que acepté, a riesgo de que me ofrecieran un trabajo allí, de todas maneras, no sería tan malo.
—Tu problema, Dean, es que te tomas las cosas demasiado en serio. —Me dijo alguien y sé que tenía razón. Patricia se había caído bajando unas escalinatas y Julia salió rápido en su búsqueda, para ayudarla, mientras que un montón de marginales pitaban y otros murmuraban sobre ciertos vínculos lésbicos entre ambas chicas.
—Dean, así fue como rescaté a mi doncella en peligro. —Terminó de contar Julia. Así es como resultan las cosas: una cosa es aparentar y otra ser: este mundo no admite fieras falsas, ésas son las primeras bajas siempre. Pasaron las horas y extrañamente seguíamos juntos.
Ya en la madrugada, todo estaba más calmo. Julia fue al baño. Miré a Karen que estaba tranquila. La creciente intimidad con Julia se hacía más evidente en sus ojos. El conjunto de reacciones con que Patricia respondía me dejaba desconcertado: andaba bromeando conmigo, dándome piquitos y abrazos, aun cuando Julia estaba allí y sabiendo que me sentía indispuesto. Patricia estaba decidida a dominar el juego, comentó algunas cosas, sobre unas chicas que Esteban había embarazado.
— ¡Ese carajo sí que sabía joder a las putas! jajaja. Se cansó de meterles gente en la barriga. —Dijo Marú, y aunque desagradable, resultó animado, como el cuento de Patricia.
— ¿Saben? Es una lástima, sin Julia, seríamos todas unas perras —dijo. Las expresiones reflejaban cierta vaina ante lo que había dicho Patricia. Pero Julia la jodió al regresar del baño (desde luego, escuchó todo), maquilladita, dijo:
—somos niñas buenas y bellas, ¿verdad? Por cierto, aquí la única perra eres tú, Patricia. —Empezamos a reír como dementes. Julia se tripeó la vaina. Terminó la risa y yo me fui al baño a darme unos pases. Karen y Patricia me emboscaron.
—Te está haciendo mal la muerte de Esteban. —Comentó Patricia, con un tono que reservaba especialmente para Julia. Karen me tomó y empezó a besarme, a la vez que dábamos pasos hasta entrar en una bañera donde todo se transformó en sexo.
Patricia debió regresar a la sala. Después le pregunté dónde había conocido a Esteban. Se puso seria y me dijo que en Margarita, hace cuatro años. Se contagió antes, por ahí cuando se cogió a una puta en Londres y no se puso condón. Probablemente. Luego, fuimos a Inglaterra otra vez y le dio ganas de volvérsela a coger. La busco, se llamaba Mary-Kate y descubrimos que había muerto y él no quiso saber más y nos fuimos a Manchester, para ver al United. Luego nos hicimos unas pruebas: yo VIH – y él VIH+. Pasó dos días tendido en una cama, fumando opio y pinchándose.
—Dean, de verdad, no te quieres ni un poquito. —Dijo Julia, trayéndome de nuevo a la realidad.
— ¿No lo sabías? Repliqué con cierto cinismo. —Mi actitud molestó a Karen, yo seguía vivo.
— ¿Quién se está acostando con Karen? Preguntó curiosa e imprudente Julia.
—El mismo de siempre. —Respondió Marú, como decepcionada. Comprendí que estaba en medio de una línea de fuego.
—Hace un año que anda así. Nada cambia. Cuando crees que alguien no puede destruirse más llega Dean y demuestra lo contrario. —Dijo Patricia y no conocíamos ese lado. Estaba enamorada, a pesar de lo puta que era.
—Ya Dean no se pincha, despreocúpate. —Dijo Marú, riéndose. —Es el sueño de la muerte, como él dice. Sueña con la muerte.— terminó de hablar y hubo silencio.
—No me gustan muchas cosas de Dean, parece querer morir. Eso me asusta, aunque en el fondo le da su toque especial. —Dijo Patricia, tratando de no ver a nadie, víctima de cierta vergüenza, ante una confesión amorosa.
— ¿Te cogiste a Dean? —Preguntó Julia, con clama.
—Sólo eso quieres saber, ¿verdad? —Preguntó Patricia, a la defensiva. —Sí, me acosté con él, me gusta; pero no lo amo. No es como tú. —terminó de explicarse.
Julia maldijo y le dio una bofetada y sobre todo, ignoró a Dean.
—Él me dijo todo entre ustedes, si hubieras sido sincera... —Dijo Julia, llorando de la rabia.
— ¿Y ser como ellos? —Replicó Patricia, llorando.
—Al menos son reales. —Dijo Julia, tratando de calmarse.
—Mira, me voy, estoy muy molesta contigo, pero tranquila, no te voy a dejar. —dijo Patricia, en una clara muestra de desfachatez. Los tres veíamos a la pareja que se había rezagado.
Cada cual se fue a su casa, solos en silencio. Cada uno pensando en sus crímenes y en sus obras, en sus penas y glorias. Yo no me podía dormir, estaba pensando en Esteban, cuando estábamos en el Old Trafford. El dolor no existía en esos momentos. Quiero tequila.