Dejo para la consideración de ustedes este breve cuento que escribí inspirado en la mata de almendrón; una árbol muy común de Venezuela que da una sombra sinigual y un fruto que esconde dentro de él una almendra extraordinaria.
¡Qué bonitos se ven mis almendrones! ¡Si hasta me da lástima venderlos! Pero si no los vendo tengo que olvidarme de aquello de hacerme rico. Aunque después de todo, abuela no sembraba por más nada que no fuera por la sombra y nunca me habló de esas cosas de estar vendiendo.
Soy el único que los riega desde hace mucho tiempo, es por eso que da los más bonitos, porque nunca les falta agua ni dejo que les crezca el monte en la pata.
Algo tengo que hacer con ellos; después de todo no podré comérmelos todos. Nadie puede comerse todos los almendrones de una mata y si los dejo zocatear en el piso estaría cometiendo un pecado.
No sé lo que está pasando conmigo, que me ha dado por pensar como pensaba abuela.
Hoy me despertaré muy temprano y me sentaré en la sombra del almendrón y me comeré los que caigan.
Los pájaros picarán los de arriba, los muchachos tumbarán los que dan al techo y no me pondré bravo porque después de todo siempre será mía y hasta sería posible que Dios se contente conmigo y le dé por llover y entonces ni siquiera tenga que regarla.

Gracias por su lectura