
Collage realizado en Gimp, con rostros fabricados por mí con Make Human y una fotografía de Pixabay

Estimados amigos, en el mes de los fantasmas, no podría dejar de hacer una entrada. Es el último día del mes, por tanto, hay algo de simbolismo en la escogencia.
El terror, el horror, las ficciones sobrenaturales, no siempre apelan a las emociones crudamente. A veces nos meten en laberintos psíquicos de especulación y de incertidumbre.
Dejo mi pequeña contribución a las pesadillas de este mes en agradecimento a la comunidad de Zona de Escalofrío.
Espero que lo disfruten. Ustedes me entienden.

Estamos aquí
Estamos aquí. Sé que somos gente. O por lo menos, sé que fuimos gente (nosotros; no sé qué es la niña).
También sé, y lo he discutido con los demás, que tenemos (o tuvimos) relaciones en común. No puede haber otra explicación para que nos hayan puesto juntos en esta habitación de una única ventana y ninguna puerta.
Sus paredes son blancas, frías, y no hay muebles. Tampoco los necesitamos. No dormimos. No sentimos necesidad de tumbarnos o sentarnos, así como tampoco sentimos necesidad de comer, beber, correr o gritar. Permanecemos de pie rotando turnos silenciosos para ver por la ventana. Detrás de sus cristales opacos, pequeños rombos de dos palmos engastados en metal, cae la lluvia. Semejan diamantes lacrimosos, detrás de los cuales una niebla pertinaz envuelve el paisaje difuso.
Gastamos las horas construyendo esbozos imaginarios a partir de las formas que entrevemos. Llegamos a la conclusión de que en algún punto lejano hay un lago. El brillo sobre el agua se ha dejado ver en ocasiones.
La habitación o el universo, pensamos.
Entre nosotros la llamamos de distintas formas: cárcel, jaula, nave, purgatorio, sala de expiación… Por contraposición, lo que logramos ver por la ventana es el mundo, el afuera… y sé que en nuestro interior pensamos que el afuera es la vida, pero nunca hemos visto a ningún pájaro surcar ese cielo. Ningún grillo rompe el suave y monótono repiqueteo de la lluvia.
El estatismo de los días no me produce angustia, pero he llegado a notar su lobreguez cuando la niña me observa. Es pequeña, apenas llega a la ventana, pero igual hace su callado turno. Su mirada, sin embargo, es vieja. Sus pupilas están tocadas por un halo opaco. No creo que otros lo hayan percibido, supongo que mi mirada es más aguda y mi mente es algo más curiosa. Tengo fantasías. Dudo mucho que los demás las tengan. Son fantasías de recuerdos, armadas con vagas sombras que reconstruyo a partir de ecos y de las presencias desvaídas que me rodean.
Y, como dije, la niña me observa con sus ojos viejos. No parpadea. Ninguno de nosotros lo hace, ero en ella lo noto… y leves estremecimientos han comenzado a sacudirme.
Un día (en realidad no hay días aquí) sentí un leve pulso en mi pecho y quebré un cristal con el puño envuelto en mi camisa. Saqué la cabeza por el hueco, mientras restos de cristales rasgaban mi piel entumecida hasta la insensibilidad. Me quedé ciego. Con terror retraje mi cabeza, haciendo fuerza con las manos, pero una especie de vacío amenazaba con arrancármela del cuello. De algún modo logré liberarme. Llevado por el impulso, reboté en la pared opuesta. Mis ojos desorbitados recuperaron la visión. Mis compañeros parecían más desconcertados que alarmados.
∞°∞°∞∞°∞°∞
Nadie hace preguntas.
Nadie intenta asomarse por el hueco del cristal quebrado.
La niña sigue observándome.
Yo sé que es vano esperar siquiera un atisbo de curiosidad de los otros. Sabemos que esta es una realidad extraña, aunque no sepamos en qué se diferencia de un antes (sabemos que hubo un antes) que es para cada uno de nosotros vago, informe. Cercado por unos límites que nadie puede señalar con certeza.
He perdido, además, mi conexión con los otros. Ellos evitan mirarme y se apartan ligeramente, lentos, como si temieran alguna especie de contagio. Nadie lo expresa, pero me excluyen de las esporádicas conversaciones sobre la configuración del universo más allá de la ventana.
Digo que he visto oscuridad. Mis palabras son ignoradas y sus lenguas pastosas vuelven a discurrir sobre la posibilidad de un lago, más allá, plagado de brillos entrevistos. Puede ser que desconozcan el concepto de oscuridad, así como yo desconocía el concepto de miedo antes de la experiencia de afuera. Antes del miedo y los temblores. Antes de sus ojos.
La niña me observa. Intuyo algo nuevo. Algo que no puedo precisar. ¿Burla tal vez?
Lo siguiente es mi mano que arrastra del cabello su pequeña cabeza con ojos de vieja. Lo siguiente es mi mano que destroza el cristal con su pequeña cabeza con ojos de vieja.
Consigo embutir su cuerpo pequeñito por el agujero que desgarra mis brazos y su carne.
∞°∞°∞∞°∞°∞
El universo es una llanura ciega plagada de murmullos. Las voces de los otros discurren con teorías lentas y estrafalarias. Hablan de una ventana, de un cristal lacrimoso detrás del cual cae la lluvia y una niebla pertinaz deja aparecer en ocasiones el brillo de un lago.
El universo es el tacto frío de duras baldosas, paredes, ausencia… Murmullos que se alejan y vuelven, como el viento, antes (sé que hay un antes). Las voces de los otros discurren con teorías parsimoniosas y grotescas. Hablan de una niña de ojos viejos que se asoma por la ventana y se burla de nosotros.
