
Hay una nostalgia llamada familia y un despecho que lleva por nombre Venezuela; Lleno de alegrías a medias y oportunidades por doquier, con un espíritu de lucha y continuidad que a veces cansa, haciendo pedir a gritos un: ¡Basta! De vez en cuando en silencio y de rodillas también.
Hay razones para decir que estamos bien, con un latido triste, de lágrimas escondidas y media sonrisa teñidos de tricolor, que arropan a familias donde la distancia los ha acercado más y el sentido de pertenencia nacional acrecienta. ¿Serán esas lecciones? Nos preguntamos en intimidad.
Huesos pronunciados, calles desoladas, y los ojos perdidos de quienes las miran, en un colapso a fuego lento con dolor incesante. De rostros que no se rinden al andar y la constante incertidumbre de: ¿Qué habrá de pasar? Es el panorama que envuelve el país saludable de algún tiempo, el cual ahora danza en la memoria de sus hijos heridos.

Un sentimiento de anhelo a rabiar y apego indestructible hay en estos corazones febriles, sedientos de hogar. Una esperanza ciega nos une y un titubeo de intereses nos separa. ¿Dónde está el punto de quiebre, dónde está el desenlace final? Es lo que recoges a diario en el tránsito de la rutina semanal.
Tierra tuya, tierra mía, tierra nuestra. Despecho en carne viva que suaviza con café y compañía. Tricolor aventurero, vino tinto apasionado, de fauna silvestre y flora que engalana estos senderos sin parar, como anunciando el nuevo despertar de esa Venezuela que tanto queremos ver triunfar sobre el mal.

@Afrikablr
Gracias por leer y acompañarme en este desahogo.
Fotos realizadas con cámara samsung DVG300F, durante una protesta en la ciudad de Cumaná