LA DOSIS
Siempre es lo mismo. Que no olvides tu dosis, dice una voz que inunda la habitación blanca. Eso te despierta. Toma tu dosis. No tiene sabor, pero es asquerosa, azul y viscosa. Te la dan en un gotero automático: uno mete la cabeza mirando hacia arriba, te leen el ojo y abres la boca cuando lo indican. La misma voz te dice que estás a salvo por hoy. Si te niegas no podrás salir, habrá una sirena y luces de todos colores. Si vas dócil te dejan hacer las cosas que te gustan. A mi me gusta sentarme en el váter a leer revistas, pero no hay revistas. El mundo ahora es árido y tóxico, pero a nadie se le ocurrió traerse revistas para leer en el váter. Esa dosis es lo que te protege del venenoso aire, que por más que lo limpien, siempre se cuela algo, dice la voz. Pero, lo único que me provoca es necesidad de sentarme en el váter, y no hay revistas. No importaría si los paisajes son tristes y oscuros, como deben ser después de una quema. El 3810 lleva tres días que no acepta la dosis. Está diferente, habla con cierta seguridad, dice que el mundo es bonito y nos espera, que salgamos. La mayoría se animó, superó la seguridad y manipuló el control de la puerta. Preferí quedarme atrás y cuando la compuerta se abrió, un fuego intenso los quemó a todos. Pocos quedamos vivos. Desde ayer todos tomamos nuestra dosis sin quejas.
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