La última vez que Antonio González habló con su novia, ella estaba a cuatro horas de distancia. Lo llamó desde su teléfono móvil en la estación de servicio donde siempre se detiene a echarle gasolina al carro, tomarse algo y estirar las piernas.
–Estoy en La Honda. Ya me falta poco –se adelantó Laura García apenas él atendió la llamada, sin el previo “hola”.
–Bien amor. Te esperaré en la casa, ya casi estoy saliendo de la oficina –la ilustró–. ¿Todo va bien en la vía?
–Sí. Todo bien –le respondió sin tono alguno–. Prepárame algo rico de comer.
–Claro amor. Te quiero.
Ella no respondió y colgó.
Aunque era la cena, le preparó pollo guisado con papas, arroz blanco y tenía el plátano a la mano para freír unas tajadas en cuanto llegara, para que se las comiera como a ella le gustan, recién hechas.
Se conocieron cuando estudiaban la secundaria y fueron inseparables desde entonces. Hicieron sus carreras universitarias y mantuvieron su relación inalterable, casi una epopeya. Cuando ya eran económicamente estables Laura aceptó mudarse con Antonio. Sin matrimonio, porque el “papel echa a perder todo”, y los hijos vendrían con planificación. De los dos, ella era la más metódica para enfrentar la vida.
Antonio evitaba escribirle o llamarla si ella conducía por esa vía, que ambos conocían bien. Así que mientras cocinaba se olvidó del teléfono por un rato. Al volver por el equipo, halló cinco llamadas perdidas, dos mensajes de texto en los que le preguntaba por qué no atendía y un mensaje de voz.
–El carro se apagó, no sé qué le pasa, no le llega gasolina al motor –le decía sin saber mucho de mecánica–. Al menos eso es lo que dice el gruero que me lleva al peaje.
Y la última frase se cortó: “El teléfono no tiene ca…”.
Antonio llamó, pero el celular de Laura salió apagado. No durmió. No soltó el teléfono en toda la noche y terminó comiéndose el pollo y el arroz, antes que los nervios se lo comieran a él. El plátano volvió a la nevera.
Como a las 4:00 de la mañana llamó a la Policía, pero le dijeron que fuera a la comandancia en la mañana. Apenas salió el sol se presentó ante los uniformados, y lo mandaron a esperar tranquilo en su casa, que tal vez solo era un contratiempo. La pasividad del policía lo abrumó. Pero no se resignó.
Antonio dibujó en un papel cálculos de horas y tiempos que le ayudaran a determinar dónde se había accidentado Laura. Si estaba en La Honda a las 5:00 de la tarde, y las llamadas fueron una hora después, tiene que estar en el peaje de Casablanca o volvió a La Honda.
No fue a trabajar y tampoco avisó que no iba. No preparó un bolso ni se duchó. Solo tomó dinero en efectivo y el celular. En el peaje no había reportes de remolques la noche anterior. Lo último que habían escrito en el libro de novedades es que un sedán golpeó una camioneta por detrás, cuando el conductor frenó de pronto al encontrarse la parada, a las 3:38 de la tarde.
–Ya vio que no hay novedades, señor –le dijo el funcionario malhumorado que tuvo que enseñarle el compendio de reportes ante la insistencia de Antonio.
Condujo un rato más y llegó a La Honda. Allí preguntó a los empleados mostrando la foto de Laura, una mujer de piel blanca pero tostada, cabello negro y ojos ámbar tristes. Un empleado que iba iniciando su turno le dijo que le sirvió un café el día anterior. Un con leche no muy caliente.
Antonio volvió a sus pasos, esta vez despacio, buscando marcas en la carretera o cualquier señal que lo llevara a Laura. Nada.
Pasó la noche en el peaje. La mitad del sueño lo perdió pensando en qué pudo haber pasado, y la otra mitad soñando con que llegaba a casa y Laura comía las tajadas de plátano fritas.
Apenas amaneció un empleado del peaje lo despertó, tocándole el vidrio del carro, y le ofreció café negro y cerrero. Lo aceptó agradecido. Allí fue cuando se dio cuenta que el dia anterior no comió.
Volvió a La Honda y desayunó. Miraba a todos lados, y fijamente las caras, esperando encontrar la de Laura. Decidió llamar a su amigo Claudio, quien le recomendó regresar, hablar con los padres de Laura y hacer la denuncia formal.
Antonio acompañó las investigaciones hasta donde la Policía se lo permitía. Durante un mes no fue a la oficina, pasaba los días entre La Honda y el peaje de Casablanca, dormía en el carro, o en alguna posada. Solo quería una señal.
Claudio y otros amigos lo convencieron de retomar su vida, de aceptar que Laura desapareció por alguna razón que aún no podría entender. Poco a poco abandonó la zona, retomó su trabajo y varios años después conoció a otra mujer y se casó.
Era un sábado soleado. De pronto, a pesar que había nuevas construcciones, notó que la carretera por la que conducía le era familiar. Antonio sacó cuentas rápido: hacía más de 15 años de la última vez que estuvo por allí. Recordó las noches frías y los días de zozobra que vivió anhelando encontrar a su novia.
Le llamó la atención un tarantín de plátanos y se detuvo a comprar algunos. Desde el patio de una casa, a unos 15 metros, la mujer que los vendía lo saludó con la mano y caminó hacia él rodeada de tres niños pequeños. Su piel era más tostada de lo que la recordaba y su cabello seguía siendo negro aunque maltratado. Ella sonreía amablemente mostrando arrugas, pero sus ojos ámbar seguían siendo tristes.
–¡Laura!