Con toda la razón del mundo, se piensa que si existe un conocimiento bien alejado de los misterios, es la ciencia; y si hay una ciencia cuya certidumbre se evidencia rompiendo tanto los distintos espacios del planeta (y más allá de éste) como los diferentes entornos ideológicos, ésa ha de ser la matemática.
Se han realizado estudios serios acerca de cómo la matemática se viene fraguando a lo largo del devenir; evidenciándose en ello cuestiones de un interés supremo. En un momento dado del pasado histórico y en una formación social determinada, por ejemplo, se ejecutó un significativo esfuerzo matemático de cara a obtener un resultado “x”; y ello fue recogido formalmente por, digámoslo así, los cronistas correspondientes a ese particular momento del devenir y a esa comunidad singular. Bien. En esos mismos momentos, pero en formaciones sociales alejadísimas de la recién referida y sin contacto vivencial con ésta, se llevó a cabo también un importante trabajo matemático en plan de lograr un resultado “z”. Lo cierto es que comparando los productos matemáticos “x” y “z” caemos en la cuenta de que son los mismos. Estos parecidos (mejor llamados, isomorfismos sistémicos) registrados entre estas experiencias, son vistos una y otra vez a lo largo del tiempo y del espacio históricos.
La seriedad que a la matemática aporta la alusión hecha aquí (y otras alusiones que pudiéramos traer a colación en venideros artículos) lleva consigo una serie de asuntos que si bien no son misteriosos, resultan no obstante de un interés científico y filosófico tan gigantesco como enorme son a menudo los misterios.
Uno de esos asuntos inusitadamente interesantes es el choque de trenes que conforma, por un lado, la corriente de pensamiento que sostiene que la matemática es una ciencia que asume como objeto solo el pensamiento y no la realidad objetiva; y por otro lado, la corriente de pensamiento que sostiene que esta ciencia asume fundamentalmente la realidad en tanto temática. A la primera línea filosófico-matemática pudiéramos llamarla “abstraccionista”, y a la segunda, “aplicacionista”.
En una y en otra de estas corrientes, vienen militando numerosos matemáticos trocados en filósofos o, quizá dicho de mejor forma, filósofos trocados en matemáticos. Dentro de los primeros (los abstraccionistas), nos atrevemos a identificar al francés Jean-T. Desanti (1914-2002); dentro de los segundos (los aplicacionistas), al venezolano J. R. Núñez Tenorio (1933-1998); también al británico John D. Barrow (1952).
Veamos qué dice el abstraccionista Desanti ante unas agudas preguntas que le formulara hace tiempo el excelente periodista francés -de ciencia- Maurice Caveing… Una de estas preguntas demanda el criterio del entrevistado en cuanto al tipo de objeto de la matemática… Desanti responde que un objeto matemático no es cosa alguna… una mesa o una piedra; es un objeto eidético, abstracto. Agrega: “La matemática produce ella misma su propio suelo, y para ella no existe más suelo que el que ha producido y reproduce sin cesar. Es que de nada sirve excavar ese suelo para descubrir el subsuelo originario, secreto y matemáticamente mudo sobre el cual habría nacido”.
Núñez Tenorio, por su parte, plantea que utilizar el calificativo de “formal” en lo que respecta a esta ciencia, constituye un grave error. Tal estilo lo que a final de cuentas persigue, afirma, es esconder la determinación que la realidad objetiva ejerce en su cuerpo teórico. La matemática, sostiene, es una ciencia metodológica, no formal. Es metodológica toda vez que lo que se plantea es comprender lo real.
Barrow, en su genial obra “¿Por qué el mundo es matemático?” expone que a esta ciencia la mueve la motivación esencial de explicar el movimiento de la realidad objetiva a punta de un lenguaje de abreviaturas. Expone que no se ha encontrado ningún fenómeno (de la realidad) que escape al poder descriptivo de la matemática. Agrega con maestría: “Es verdad que existen campos en los que su utilización resulta inadecuada –quién sería tan estúpido para considerar que una sinfonía de Beethoven no es nada más que una variación matemática particular, o una combinación de presión de aire y tiempo-, pero no existe ninguno donde sea imposible”.
No hay duda que este choque de trenes dentro de los heurísticos rieles matemáticos encarna un tema encantador. Seguro estamos que otros de factura más o menos análoga surgirán en esta red. Estamos prestos para asumirlos con la pasión propia de las cosas, las ideas y las emociones que están más acá y más allá de los números… (Ojalá que no nos equivoquemos en las restas o en las raíces cuadradas).
__________________________
TEXTOS DE APOYO:
-Barrow, John. ¿Por qué el mundo es matemático?. Grijalbo Mandadori. Barcelona, 1997.
-Desanti, Jean-T. Las idealidades matemáticas. Entrevista de Maurice Caveing. Epistemología. Ediciones Martínez Roca. Barcelona, 1974
-Núñez Tenorio, J. R. Introducción a la Ciencia.
https://es.scribd.com/doc/68391995/Introd-a-la-Ciencia-Nunez-Tenorio
ÍCONO:
Yuxtaposición de dos imágenes tomadas de fuentes de acceso gratuito:
[1]
[2]