El dinero… sí, esa fuerza casi invisible, como el aire o el agua, que lo ha moldeado todo a su paso a lo largo de la historia humana. Dicen que es como el agua: no lo ves fluir del todo, pero mira si no es capaz de erosionar montañas enteras, de cambiar paisajes de la noche a la mañana.
Mucha gente, a veces con un dejo de desprecio o, ¿será más bien culpa?, lo ha llamado “el cochino dinero”. Una expresión que, pensándolo bien, huele un poco a hipocresía. ¿Quién dice eso? Pues, a menudo, quienes, como tantos en este mundo, andan buscando ganancias mientras critican justo el sistema que las permite. Es una contradicción vieja, ¿verdad? Tan antigua como el primer trueque, desde que alguien cambió un puñado de granos por un poco de sal. Siempre hemos estado en esa especie de tira y afloja: entre casi adorar al dinero y, por otro lado, mirarlo con recelo, como si fuera un espejo que nos muestra nuestras propias inconsistencias.
Piensa en miles de años atrás, en una plaza polvorienta de Uruk, o en los mercados bulliciosos de Caral. El trueque fue el comienzo, el primer atisbo de lo que sería el dinero. Un cántaro de leche por un montón de lana, un conocimiento a cambio de una herramienta bien hecha. Aquel intercambio tan básico no era más que una forma de ponerle valor a las cosas, de reconocer el esfuerzo del otro. Pero claro, la cosa se complicó, y pronto hizo falta algo más universal. Algo que sirviera para que el esfuerzo del campesino le llegara a la paciencia del tejedor sin tener que cargar con costales. ¡Y eureka! Nacieron las monedas de oro y plata. Metales no tan fáciles de encontrar, que por eso mismo se volvieron como pequeños cofres de confianza. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es el dinero sino una promesa colectiva? Una que dice: hoy valoro mi trabajo, mis manos, para poder mañana recibir el fruto de las manos de otros.
Recuerdo bien cuando me tocó emigrar a Canadá. Llevaba una maleta llena más de esperanzas que de ropa, y un pasaporte con el sello de trabajo. Allí, lejos de casa, entendí de verdad que el dinero no tiene etiquetas morales; no es intrínsecamente sucio ni limpio. Es, como decía antes, con el agua, o mejor aún, como el fuego: neutro. ¿Quema o calienta? Depende enteramente de quién lo maneje. Esos primeros dos años fueron intensos, a estudiar los idiomas oficiales a fondo, a empaparme de las culturas de acá. Y a trabajar, ¡vaya que sí! Como docente, cada hora daba igual si era moneda de oro o billete de papel. Cada billete, doblado con el cuidado del tesoro que era, se convertía en un pedacito del techo para Matthew, mi hijo, o en esas remesas que cruzaban el Atlántico para mi hermano allá en Caracas. Entonces lo vi clarísimo: el dinero no es solo intercambio, es una memoria del esfuerzo, un diario personal escrito en cifras, en sacrificios.
La evolución del dinero, si te fijas, es también un reflejo de nuestra ambición. De esas tablillas de barro marcadas en Mesopotamia, saltamos al papel moneda en China, y hoy, ¡mira dónde estamos!, navegando en un océano… sí, un océano digital de criptomonedas. Ahora son bits, no oro, los que se mueven. Nos alejamos de lo tangible, sí, pero la esencia, ¿cambió? Sigue siendo el idioma universal de la humanidad. ¿Cómo explicas si no que un ingeniero en Mumbai y un agricultor en Manitoba puedan medir lo que hacen, su tiempo y talento, usando una misma escala? Es un lenguaje que rompe fronteras, aunque cada uno lo pronuncie a su manera: dólares, rupias, euros…
Y, mira, solo puedo dar gracias a la Providencia Divina por permitirme, a mi edad, haber podido construir una base sólida. No es la cima de una ambición desmedida, para nada. Es un refugio, un piso firme para los míos, para quienes aún dependen de mí. Ayudar a mi hermano en Venezuela… eso lo hago con la discreción de quien sabe que el verdadero valor de ese dinero no está en cuántos tienes, sino en lo que puedes compartir con él. Como esa frase de San Agustín que me gusta tanto: “El dinero debe tener alas: unas para llegar, otras para partir”. Y esas “partidas”, esos viajes del dinero, dejan huellas reales, una casa que se termina de pagar, los libros nuevos para Matthew, las medicinas que van en un sobrecito marrón con nombre y apellido.
Pero, ¿a dónde va este río ahora? ¿Cuál es su cauce futuro? Las criptomonedas… prometen quitarnos el poder de las manos de unos pocos, sí. Pero, ¿no estarán abriendo una brecha aún más grande entre los que entienden y manejan la tecnología y los que se quedan varados en la orilla? ¿Qué será el dinero del mañana, una herramienta para liberarnos o una nueva forma de control? ¿Podremos, algún día, separar de verdad su pura utilidad de toda la carga moral que le echamos encima? Como decía Benjamin Franklin (otro que sabía lo suyo): “El dinero no puede comprar la experiencia necesaria para ganar más dinero”. Quizás, solo quizás, la verdadera riqueza está precisamente ahí, en entender que el dinero es solo… una herramienta. Y que el peso real de esa herramienta, su impacto, depende de las manos que la usan, de para qué la usan.
¿Qué pensarían aquellos mercaderes de Uruk si vieran nuestras cuentas bancarias llenas de números en una pantalla? ¿Lo verían como un progreso increíble o como una extraña forma de alienación? ¿Sería posible un mundo sin dinero? ¿O volveríamos a esa especie de “oscuridad” del trueque, donde todo se enreda y el valor de las cosas se vuelve impreciso, difícil de medir? Al final, el dinero, como el tiempo, es un invento nuestro, muy humano, pero que a veces sentimos que nos supera, ¿verdad? Tal vez la pregunta clave no es si es “limpio” o “sucio”, sino qué estamos haciendo nosotros con él, mientras pasa, inevitablemente, por nuestras vidas.
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