Miel amarga
No soy nadie, únicamente soy otro estúpido que relata hechos.
Le vi por primera vez aquella radiante tarde de primavera. Su cabello rubio brillaba a la luz del sol y sus ojos verdes me cautivaron al instante. Estaba sentada en una de las mesas de la cafetería de la esquina, leyendo un libro de tapas azules y dando de vez en cuando sorbos a su té de miel.
Me acerqué a ella un poco nervioso, creo que temblando, pero con una sonrisa de oreja a oreja que no podía controlar, y le pregunté respetuosamente si podía acompañarla. Me miró con curiosidad y asintió con la cabeza. Juro que lo que sentí en ese instante, cuando me miró y me permitió estar a su lado, fue que mi corazón por alguna razón estallaría.
Nos presentamos de una forma graciosa. Yo, en el papel de caballero sin armadura, le ofrecí mi mano y le dije: Soy Ewduar, y ella, con la reverencia de una dama muy fina, extendió su mano y respondió: Soy Amanda. Entonces estrechamos las manos y empezamos a hablar. Amanda resultó ser una estudiante de literatura y noté una ligera emoción en ella cuando le confesé que era un escritor en busca de inspiración para mi próxima novela.
De esta forma comenzó nuestra cercanía. Nos veíamos todos los días por las tardes en aquel café y charlábamos durante horas. Descubrimos que teníamos muchas cosas en común y que nos entendíamos casi a la perfección. Ella me inspiraba con sus ideas y comentarios, yo seguía trabajando en mi nueva novela y en agradecimiento le dedicaba poemas y pequeñas historias de amor.
Amanda siempre me colmaba de elogios y afecto, mientras yo la recompensaba con flores y galletas de chocolate. Así estuvimos durante más de diez meses, ella me hacía feliz y yo la hacía feliz a ella.
Un día, cuando la tarde de siempre se hizo noche, le propuse ir a mi casa, que estaba a pocas manzanas, y pasar la noche juntos por primera vez. Ella se asustó un poco y guardó silencio durante un par de segundos, pero luego aceptó entusiasmada, se levantó y me besó lentamente. En mi apartamento nos entregamos a la lujuria, la pasión, sin prisa, para lograr quizá hacerlo eterno. Fue la noche más increíble que he pasado junto a una mujer.

Al día siguiente, me desperté con ella a mi lado y le confesé que la amaba. Ella también me expresó su amor y me abrazó con ternura. Pensé que todo era perfecto y que nada podía salir mal, pero me equivoqué. Esa misma tarde, recibí una llamada de mi editor, diciéndome que habían leído mi novela, que a todo el mundo le había encantado y la comparaban con una obra maestra, asegurándome que sería un éxito. De hecho, ya había conseguido un contrato con una prestigiosa editorial que me ofrecía una gran suma de dinero, pero tenía que viajar a Nueva York esa misma noche para firmar el contrato al día siguiente y promocionar mi novela esa misma semana. Me dejó claro que era una oportunidad única que no podía rechazar.
Quedé sin palabras. No sabía qué decir ni qué hacer. Por un lado, estaba feliz por mi sueño cumplido; por otro, me entristecía dejar a Amanda. Así que le pedí a mi editor tiempo para pensarlo y que le llamaría al día siguiente, aunque él no estaba de acuerdo, colgué el teléfono.
Me senté en el sofá, observaba a Amanda que estaba en la cocina, preparando según ella su mejor plato, porque ni siquiera habíamos desayunado. Me sonreía e indicaba que me quería. Yo le devolvía la sonrisa y le contesté con tristeza que también la amaba. Pero no era verdad, en ese momento me sentí hipócrita, me di cuenta de que no la amaba, que únicamente la había utilizado como fuente de inspiración para mi novela. Lo que escribí fue la historia de nuestro amor, todo había sido una mentira.
Minutos después decidí romperle el corazón a Amanda y marcharme a Nueva York. Esperé a desayunar juntos y luego le comuniqué la noticia de mi partida. Nunca había visto a una mujer llorar tanto menos por mi culpa, me ofrecí a llevarla a su casa, pero a cambio solo recibí una bofetada en la cara y un "muérete idiota". La seguí sin darme cuenta hasta la calle del café y vi cómo se alejaba y se perdía entre la gente del centro. Dos horas más tarde, yo estaba dentro de un taxi camino al aeropuerto. Me fui con el corazón roto, angustiado, sintiendo que era el hombre más horrible de este planeta, el más cobarde que ni siquiera podía explicarle por qué me iba. Me fui sin explicarle nada, me fui sin mirar atrás.
Llegué a Nueva York y firmé el contrato. Mi novela se publicó rápidamente y se convirtió en un éxito de ventas. En poco tiempo me hice famoso y rico, me entrevistaban en televisión, revistas y radio. Siempre era un invitado especial en fiestas, reuniones y eventos de moda, rodeado de admiradores y nuevos amigos. Incluso un productor de cine me ofreció hacer una película basada en el libro con la condición de que yo eligiera a los actores que la protagonizarían. Creo que estaba orgulloso y satisfecho de lo que había conseguido, o eso pensaba.
Pero en el fondo me sentía vacío y culpable. Me acordaba de Amanda y de lo que le había hecho, me preguntaba cómo estaría y si me habría perdonado. Me dolía el corazón constantemente y me arrepentía de mi decisión, cada día cuando llegaba a aquella casa enorme, llena de lujos y me veía tan solo sin ella. Sabía que había perdido lo más importante, que fui un idiota al cambiar el amor por la fama.
Demasiado tarde me di cuenta de que había probado la miel más dulce y la había convertido en la miel más amarga.
Así que regresé y visitaba este café todas las tardes de invierno, aunque la esperaba con emoción y miedo, nunca apareció.
