Las crisis de la edad van catalogadas generalmente por años, así tenemos la crisis de los 30, de los 40, de los 50, de los 60 y de todas las décadas posibles. Sin embargo, e injustamente las mujeres somos las que más sufrimos esas crisis y a más temprana edad.
A pesar que estadísticamente las mujeres tenemos la probabilidad de vivir más que los hombres, lo cierto es que la edad es algo que se nos juzga más a nosotras que a ellos. Mientras que a nosotras “se nos pasa el autobús” (nunca he entendido si de verdad me quiero montar en ese autobús o no) ellos “se ponen más interesantes con los años”, al menos ese cuento es el que nos repiten todo el tiempo.
Es así como las canas son una cuestión de lindo toque para los hombres, mientras que para nosotras es el signo de que ha llegado la hora de sucumbir al teñido de cabello no por gusto sino por necesidad.
Entonces, muchas de nosotras empezamos a tener nuestra primera crisis cuando se acercan los 30. Es verdad, no estamos viejas, no tenemos grandes arrugas y nos sentimos súper activas, capaces de comernos el mundo, porque somos bellas, jóvenes, inteligentes, hasta que de forma repentina e inoportuna alguien (casi siempre un adolescente del género masculino) abre una puerta, te cede un puesto o te atiende en un McDonald diciéndote “señora”, con un tono de amabilidad que te parece grosero, insólito y equivocado para referirse a ti, una joven, chica, chama, chibola, como quieran decirlo, todo menos señora.
Y en ese momento comienzas a pesar mil cosas. ¿Cómo que señora? Las señoras son mayores, no tienen la piel tan tersa como la mía. Las señoras son las tías, las mamás, las señoras que se casan, y de repente viene la segunda parte, la aceptación de la realidad. Te das cuenta de que eres tía, que estás casada y que aunque aún no tengas un bebé, tus amigas de tu misma edad sí, así que encajas en lo de señora, aunque te das cuenta que ese niño o adolescente que te acaba de decir esa insólita palabrota no sabe que eres tía, estás casada y que tienes edad para tener un hijo. Solo lo dedujo con verte, es decir que te ves como señora.
Acto seguido: Crisis. La palabra de señora se te queda grabada un buen rato en la cabeza, más si no te lo dicen una sino 2 o 3 veces. Te miras en el espejo, te das cuenta que en tu estuche de maquillaje ya hay base y corrector de ojeras que antes usabas por simple moda y ahora lo usas por necesidad.
Caes en cuenta que tu vida ya ha cambiado. Te empiezas a encontrar con las hermanitas o hermanitos de tus amigos que ya son unos hombres y dices frases como “qué grande estás” (sí, esas mismas frases que te decían a ti hace ya algunos años). Las reuniones con amigos ya incluyen a los esposos y los pequeños hijos, cuando antes era a los novios del momento.
Es así como sin previo aviso te das cuenta que eres señora porque ya te preocupas por tus padres y hasta los entiendes. Ya eres señora porque sabes apreciar un buen licor y porque tienes la edad para todo: para casarte, tener hijos, hacer un post grado, trabajar en una gran empresa o formar tu propia empresa.
Ya estás en los 30 y en honor a la verdad no te ves igual que antes, tu piel no es la misma que podía salir sin maquillaje a cualquier lado sin ningún problema, algo que Facebook se ha encargado de recordarte en sus famosos TBTs de 10 años atrás, cuando tenías solo 20.
Entonces, no queda más que respirar y disfrutar el viaje. Con los 30 viene la madurez, empiezas a disfrutar mejor de un buen vino, de una buena película y de una mejor compañía. Ya no eres una niña inocente que se cree cualquier cuento y ya tienes alguna experiencia para tomar decisiones más acertadas en tu vida. Así que lo mejor es relajarse un poco, aceptar el término señora y sacar los mejores zapatos para recorrer el mundo y hacer lo que te plazca, antes de que lleguen las demás décadas y te duelan las rodillas.