Cuántas veces nos pasa, que aunque queremos expresar el bello sentimiento por la vida, nos sentimos aplastados por un inmenso peso, agobiante, asfixiante, enloquecedor, que nos lo impide todo. Una sensación negadora, que hurta solapadamente la sonrisa.
Nos ataca una fuerza paralizadora, demoledora de alegrías y una inmensa lluvia de tristeza te perfora gota a gota, el sentido común...y pasa, pasa a hacerle espacio al dolor inexplicable de la soledad ensordecedora. Gritar en silencio y llorar con cada rayo de sol que se esconde en el horizonte, en el propio ocaso personal; a ver si las penas también se esconden con el astro.
Esas tardes mustias
Esas tardes mustias, llenas de tristezas,
que acechan en gentil melancolía
y arrastran en sus alas peregrinas
la otrora apasionada y fiel ventura.
Opaca su sereno resplandor
viajero en las estelas más ocultas,
la vida en marejada, que se entrega
y es la cólera, su ardiente cautiverio.
El alma va perdiendo su sentido,
colapso de fatal antipatía
que al servil demonio hace reclamo
y marcha, marcha triste con las nubes
impávidas, escépticas;
cadáver navegando hacia la nada.
Y esas tardes mustias que me agobian,
me calcinan en suplicio el pensamiento
que marcha, marcha triste con las nubes.
Muchas gracias por leerme.
Texto y fotografía originales.