El uso de los puntos, las comas, los signos de interrogación o los guiones no es tan antiguo como las letras.
Los textos que se escribían en la antigua Grecia estaban en lo que se conoce como "scripto continua". Es decir estaban formados por una serie de letras encadenadas entre sí, sin signos de puntuación y sin ni siquiera espacios entre las palabras.
Para ellos lo más importante era el arte oratorio, el hecho de hablar en voz alta ante un público y la lengua hablada, en general, más que la escrita. Pero para que su discurso fuera perfecto, cómo no, primero tenían que estudiárselo, ¡de modo que imaginaros cómo debía ser leer y memorizar tal texto!
Para los griegos era normal el hecho de no comprender el significado de un texto con una sola lectura. Leer implicaba siempre releer. Pero esto cambió alrededor del año 200 a.C. con el griego Aristófanes de Bizancio, considerado uno de los primeros filólogos. Era un bibliotecario que debía destinar horas y horas a leer manuscritos, hasta que se le ocurrió la idea de hacer los textos más amenos con tres tipos de marcas:
- Comma. Punto arriba del texto, que indicaba una entonación alta de lectura.
- Colon. Punto en medio del texto, que indicaba una entonación media de lectura.
- Periodus. Punto debajo del texto, que indicaba una entonación baja de lectura.
Sin embargo, su propuesta no tuvo demasiado éxito entre los griegos ni tampoco entre los romanos. Ni tampoco transcendieron demasiado los signos de párrafo (Γ, ¢, 7, ¶) que utilizaron mucho más adelante, ya entrado el siglo VI, los escribas cristianos para difundir el mensaje del cristianismo.
Fue San Isidoro de Sevilla, un eclesiástico católico del siglo VII, quien revolucionó el sistema de la puntuación actualizando la idea de Aristófanes. Propuso las siguientes marcas:
- Distinctio ultima. Punto alto, que indicaba una pausa larga de lectura.
- Subdistinctio media. Punto medio, que indicaba una pausa media de lectura.
- Subdistinctio. Punto bajo, que indicaba una pausa breve de lectura.
Así pues, San Isidoro de Sevilla fue el primero que determinó la equivalencia entre los signos de puntuación y las pausas del discurso oral. Aun así, no se le dio demasiada importancia prácticamente hasta principios de la Edad Moderna.