En Mesopotamia, un pastor cuenta su ganado. Para no olvidarse del número, lo apunta en una tablilla de arcilla. Esto sucedió hace unos 5.000 años: así empieza la historia del libro. Sobre arcilla blanda, los hombres escriben sus leyendas, su saber.
De la piedra a las tablillas de arcilla
Es cierto entre las primeras manifestaciones de la escritura está la piedra, de las grutas y los monolitos. Pero como es natural, escribir sobre ella era demasiado pesado y pronto la agudeza del hombre encontró otras soluciones: el barro cocido.
En Mesopotamia, los textos se escribían en tablillas de arcilla, aprovechadas por delante y por detrás. La arcilla húmeda se marcaba con una pequeña caña cortada llamada cálamo, el equivalente a nuestro lápiz. Después la tabla se ponía a secar al sol, o bien, si el libro era valioso, se hacía cocer al horno para que fuera más sólido y así se conservara mejor. En cualquier caso, cocido o no, finalmente las tablas se colocaban una al lado de otra en las estanterías de los templos.
Por otro lado, los egipcios crearon su propio material de escritura a partir de la planta llamada papiro: cortaban las hojas en tiras largas y anchas que, aglutinadas con barro del río Nilo, se convertían en un soporte de escritura enrollable. Son los rollos de papiro, blandos y ligeros, en vez de esos libros de arcilla más pesados y poco manejables.
Los papiros se conservaban en bibliotecas. La más grande era la de Alejandría: fue fundada el año 304 aC y llegó a contener más de 500.000 rollos de papiro. Hacia el siglo IV aC los griegos y los romanos también empezaron a utilizar estos papiros, a los que llaman volúmenes.
Pero en Roma el papiro no era el único soporte utilizado. Los escolares escribían sobre tablillas de madera clara, unidas en forma de cuaderno y cubiertas de una fina capa de cera, normalmente oscura. Este pequeño formato es más manejable que los rollos de papiro. Y más barato, pero también más frágil. Una buena opción para los alumnos.
En China, hace unos 4.000 años también se tenía la necesidad de escribir. Asia destaca sobre todo por servirse de la naturaleza a la hora de conservar sus textos: la vegetación facilita los soportes.
Entre otros, hay por ejemplo láminas de bambú unidas con tiras de cuero o de seda, materiales fáciles de encontrar en la zona.
Más fácil de leer eran los textos sobre seda, un material flexible y manejable con el que se podían crear bandas de varios metros de largo, enrolladas en un bastón. Un dato curioso: había tantos de estos libros que a veces se confiscaban para fabricar tiendas y velas para carros durante las guerras.
El papel también era conocido en Asia, pero se menospreció durante mucho tiempo porque se consideraba signo de pobreza. Más adelante retomaron el papel, primero enrollado como hacían con la seda, y después las hojas las plegaban en páginas.
En el Japón, la primera etapa del libro pasa por el rollo de papel. Las técnicas chinas llegan tarde a la isla: en el siglo IV, cuando en China ya se han superado.
Por su parte, los indios utilizaban la parte más ancha de las hojas de palmera para escribir: primero las cocían con leche, las dejaban secar y las pulían con conchas para obtener las pothi (las "páginas"). El resultado son páginas rectangulares que se usaban en formato horizontal.
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