Ya no veo más que luces apagadas
debajo de las sábanas
donde aún permanece impregnado
el aroma de su cuerpo
y el recuerdo ha colocado pedestales,
ídolos de barro,
en el espejo.
Ya no se oye
el eco de sus huellas
en los rincones de la casa
desierta de silencios
donde su sombra prevalece
resguardando su recuerdo
y el olvido duerme ahora
como un gato acurrucado entre mi pelo.
Ya no estará su presencia
incólume, absoluta
devorando mis heridas,
mutilando ese deseo
que colocó piras ardientes
en mi cuerpo
y que ahora es tan sólo
un breve pájaro sin vuelo.
Ya no quiero sucumbir,
como viejo tronco
sin peleas.
Hoy quiero destruir
un paraíso.