A lo largo de la vida llegan heridas emocionales que van dejando cicatrices. Entonces, nos paramos frente a elegir quedarnos en este sufrimiento; en la sombra y dejar que siga doliendo la herida o aventurarnos a mirar nuestras heridas de frente, aprender a amarlas, a agradecerlas y a transformarlas como alquimistas.
Cuando decidimos amar nuestro propio dolor, tenemos la sabia oportunidad de construir algo nuevo a partir de esa situación, de ver el regalo oculto que la vida escondió luego de ese sufrimiento que nos encaró. Entonces, mágicamente, la herida empieza a doler cada vez menos, a sanar, además se convierte en fuente de creatividad, de compasión, de amor y de sabiduría.
El título de terapeuta es para quién se atreve a enfrentar su propia sombra de forma creativa para transformar sus heridas profundas en fuentes de vida y salud y su propio sufrimiento en algo bello mediante una humilde lección que también pueda ser ayuda para los demás. El camino del terapeuta es paralelo a la vía del shamán; ambos se comprometen con el propósito de liberar del sufrimiento a todos los seres sensibles y acompañarlos en su despertar.