Llueve la canción, moja; hay árboles desnudos.
Cada corazón sabe de si mismo.
El invierno se alimenta de una luz diáfana.
Y el viento.
Sobre las casas aún no se posó la nieve,
tampoco la lechuza ululó como lo hacía antaño.
El fuego.
La leña de castaño, su calor seco,
y un perro otoñal que se lame.
Tu cantas la canción y tú estás dentro
del silencio.
La lechuza no vuela, pero el perro sí.
Soy yo, dándole al rabo.