Tengo el mismo sueño siempre, donde los minutos pasan lento y pretendo viajar a tus pensamientos. Un artefacto que vuela me deja en donde estas, en un sitio donde la forma de hablar es distinta, la forma de pensar es distinta, incluso la vestimenta es distinta.
Me veo caminando por un suelo nuevo, mirando cosas que no conozco y teniendo un sentimiento en el estómago acerca de querer encontrar algo. Me desespero, escucho ruido en todas partes, mis pies se confunden hacia donde ir, y entonces te miro de nuevo como en otros sueños, esperando por mi en la misma hora sobre el mismo sitio.
No hacemos más que observarnos, observar algo anhelado con la respiración en el baño. Recuerdo dar un paso y detenerme, como si algo me estuviera diciendo que eso no podía ser posible. Entonces te acercas, mostrándome otra vez una de esas sonrisas que me arrancan del mundo. Observo el modo en que te mueves, miras a tus amigas con una expresión como si confirmaras que yo soy yo y que tú eras tú.
Y cuando estamos lo suficientemente cerca, por alguna razón volvemos a parar, riendo con lágrimas en los ojos y después te abrazo.
Mierda, ese abrazo.
Ese abrazo que es como si te aferraras a la vida, como si te estuvieras muriendo ahogado y alguien te saca del agua y lo abrazas, como pasar todo el día fuera y llegar a tu casa. Es ese sentimiento chiquitito de saciar el hambre de toda una tarde, de bañarte después de tener tanto calor, o escuchar esa canción de esa banda que tenías tanto tiempo buscando. Abrazarla era como escuchar la risa de un niño feliz, como estar tirado con una cerveza en Chichiriviche, o como estar en el desierto y probar el agua mientras habías pasado todo el día buscando.
Creo que el hecho de que vaya a perderla un día va a significar que voy a perder mi paz, ese pequeño sentimiento de paz ante las cosas tan estúpidas. Me va a costar adaptarme a un mundo sin ella, porque su amor y su cara me matan, pero la costumbre es una daga que te atraviesa la garganta.
En el sueño la beso, no de esos besos desesperantes con lenguaje francés, sino uno de esos besos palpables, donde los labios no hacen más que rozarse porque las sonrisas no dejan pan para nadie. Y me pongo a mirar su cara, tocando debajo de sus ojos, pasando la yema de los dedos por las curvas de su mejilla, mirando cada uno de los lunares que tiene en la cara, todo lo que me gusta tiene su cara.