La vieja casa de campo mostraba sus tristes, arrugados y muertos colores, las paredes como grandes cuadros, donde se podían ver silenciosas y sombrías imágenes, que reflejaban la grandiosidad en decadencia que evocaban tiempos gloriosos.
El viejo y gruñón gallo se estrujó los ojos, luego de mirar a su alrededor, aleteo aclarándose la garganta con un leve carraspeo, tomando una bocanada de aire, estremeció con su grito mañanero, las ramas del árbol de aceite, que como brazos abiertos parecía recibir al nuevo día, como queriéndolo abrazar en forma amable y cariñosa.
La sabana vestía su manto verde, y el rocío mañanero besaba suavemente a las flores que alegremente asomaban su bello rostro en el rastrojo lastimero.
En el jardín una lluvia de coloridas flores, pretendía cambiar la estampa agreste de aquel lugar. Mientras los minutos comenzaban su largo caminar tan lentos como una tortuga.
El viejo mayordomo como una estatua impasible, observaba en silencio a lo lejos el verde brillante de las palmeras del anciano morichal, mientras terminaba su taza de café y preparaba una güima.
Las palomas, blancas como motas de algodón, alzaron el vuelo, azarosas y divertidas, surcando el azul cielo, llevándose en sus alas parte de mis melancolías, mientras aquí en tierra me quedo, tejiendo versos como en una Interminable telaraña. Tratando de minimizar así la pena que me invade, antes de que se desborden y lleguen hasta el río.
El tímido sol miraba sonriente su brillante faz en la laguna, en el conuco las mazorcas de maíz peinaban sus barbas como hilos de oro, invitando a tenderlos en las brasas del chirriante fogón, donde ya se colaba el oloroso café que traía recuerdos cargados de nostalgia.
Una garza rosada detuvo su vuelo en las ramas de un merecure, en sus lánguidos ojos brillaban las llamas del nuevo día. Después de permanecer pensativa por un rato, me sonrío, preguntándome, ¿que me pasaba? Al comentarle sobre mi amarga nostalgia y mis interminables, hondos y tristes pensamientos, me dijo, poeta no sufras mas, la vida es una ruleta, que gira constantemente, todo cambia, todo pasa. Las penas las tristezas y las amarguras, se desvanecen con el tiempo que todo lo cura. Me presto una de sus plumas y con ella comencé a escribir esta carta, que reflejan en sus letras, su fragancia casi extinta y lo tibio de sus besos..