Desde el derrame, ella tuvo una recaída.
La mañana que pasó,
ella había entrado por las puertas dobles como un somnabulista,
llevando el cuerpo ennegrecido de una gaviota.
Ella lo abrazó, meciéndose sobre sus ancas,
derramando lágrimas mientras él la miraba impotente,
acariciando su cuello donde solían estar sus agallas.