El retorno no siempre tiene que ver con la memoria que se guarda del origen, mas la memoria nos conecta inexorablemente con el origen que dio cauce a todo esta lasitud irremediable; que cuánto equívoco o inequívoco tiene ese «origen» en nosotros, no tiene mayor importancia, siempre se retorna como la pulga o el piojo: no por la memoria que guarden del pelaje o la cabellera sino por destino. Es algo muy molesto utilizar ese vocablo; «destino». Como si todo ajetreo tuviese que ver con una predestinación natura, biológica, sistemática. Me gusta pensar en la respuesta que brindaría un alemán ante tal cosa que pone como palabra última e incorregible la voluntad de algo ininteligible: “Usted cree en el destino por negligente”. De cualquier forma, para cada ocasión, uno utiliza la víscera para pensar, se trate del corazón, se trate del cerebro; no creo que en la mente quepa tal vocablo como «destino». Es que en realidad no cabe tal cosa en los asideros de la mente y el lenguaje: para la razón, todo lo ininteligible, todo lo que no quiere ser aprehendido por nosotros por mandato o por defecto, tiene la misma voluptuosidad de una quimera. No obstante, ahí está; en boca de todos, pero no anatómicamente ocupando un puesto junto a la lengua, los maxilares o las glándulas salivales, sino como fonación, como habla, como parte de la realidad que es aprehensible a través el lenguaje.
Antes de nacer, embebidos en la mar uterina, atravesamos meses de euforia silenciosa, sin vacilaciones, en un silencio sin destinatario; silencio primero, muy principesco, como apoltronados en una esclerosis perfecta o neutralidad sin indiferencia. Sólo allí, conocemos algo mejor que una impotencia sin fructificar; el desapego natural. Quien tiene los ojos cerrados o, mejor aún, cuando el tegumento no ha madurado celularmente y cuando aún la sonrisa orbicular, orbitaria de los ojos, no puede barruntarse en la anatomía, se tiene en todo el organismo el vestigio embrionario; es decir, la huella del desapego, de la inconexión, de la infascinación. Sólo ahí, puede teorizarse una especie de la felicidad inhumana, porque, como bien se dice de la filosofía y puede aplicarse a esto, toda búsqueda de la felicidad, es una búsqueda sensible, a través de los sentidos. Esa especie de «felicidad embrionaria» también es porque, sólo ahí, es imposible preguntarse por el destino y los fardos de un Absoluto que lo predestinó todo, siquiera alcanzan la categoría de quimera, sencillamente porque abstraídos en ese silencio primero, no tenemos capacidad —¡por fortuna!— de aprehender lo que no nos importa y lo que posiblemente sea una significación de la herida del apego. No obstante, ni por negligencia, el retorno a esa etapa embrionaria, al menos de forma individuada, es impensada, más por imposibilidad que por defecto. Lo que me lleva a la siguiente certeza: aunque la memoria no tenga o ejerza pujanza en retorno alguno, lo que nos obliga a volver tiene causa y origen en la posibilidad de sentir; ese mandato biológico, ese destino de la carne, es lo que nos hace infernalmente sensitivos y como no estamos conectados de ninguna forma a esa felicidad inhumana, por imposibilidad de recordación, es impensable un retorno.
La memoria me conecta a esta imagen: una casa de Malibú en la costa, con vista a la ojizarca hondura del océano. Un hombre vive en ella, alcohólico y mujeriego, todas la ETS han pasado por él. Una vida epicúrea, entregada al placer del desenfreno. Un día, recibe a su hermano, en bancarrota y divorciado, sin nada que ostentar, contrito en queja y llanto. Y empiezan a vivir juntos, con el agregado de que los fines de semana también viviría con ellos el sobrino. Una convivencia, como cualquier otra, profusamente yuxtapuesta. Un promiscuo que vive como si no hubiese mañana, un monótono insufrible y desdichado y otro, un menor de edad, entregado a la futilidad y la esterilidad mental. En todo el tiempo transcurrido, ocurrieron agitaciones de paradigma; el desdichado se suponía que no lo fuera por más tiempo y el promiscuo, igual. Desde compromisos fallidos hasta intentos de rectitud terminaban, una y otra vez, en el retorno hacia la vacuidad originaria: la desdicha y la promiscuidad; los zafiros centelleantes retornaban, una y otra vez, a la túnica. Charlie Harper y Alan Harper, siempre emprendieron el retorno de regreso. Más por mandato sensitivo que por memoria: no en cualquier lugar o contexto, podemos sentir.
La vida individual tiene un núcleo: no lo podemos deshacer porque no sabemos dónde está y ni siquiera entendemos qué es.