Cualquiera podría ver borroso el pasado de Amelia, pero ella no, para ella estaba nítido y refulgente marcando siempre la pauta. Hace muchos años su marido se fue con otra: más flaca, más joven, más ojerosa, pero que ostentaba títulos como quien enarbola banderas. ¡Vaya! Con que eso era lo que había que hacer, estudiar, ser otra y a eso se dedicó.
No hubo curso, que se le resistiera, ingresó a la universidad y se graduó con honores; ahora era doctora, y así debían llamarle siempre, ya casi nadie conocía su verdadero nombre, se dedicó también a hacer alardes de sí misma. Ella sí sabía escribir, ella sí conocía todas las normas y técnicas de estudio, ella, ella, ella. Su paso por el mundo de la academia estuvo marcado por su actitud déspota y su dedo enhiesto para mostrar errores, recriminar fallas, exigir normas, puntualizar estilos de vida.
Donde quiera que llegaba se hacía sentir, no solo por su abultada corpulencia, los kilos se le habían ido pegando al cuerpo como ladrillos, sino por su pesado trato, aunque ella vociferaba su felicidad basada en una actitud de vida personal, apegada al estudio y crecimiento individual; la realidad parecía ser otra: solo sus tres hijos la acompañaban, algunas veces, a sus tertulias académicas, a la búsqueda de la episteme que era su palabra preferida y al recibimiento de condecoraciones y pergaminos.
Con cuidado se quitó sus zapatos, sola frente a su única amiga: su taza de café que la acompañaba en las tardes, cada vez que llegaba de su rutina diaria. Miró su pasado a través de la bruma que el humeante líquido le ofrecía y se vio a sí misma recibiendo el premio a sus desplantes de siempre: el miedo en los ojos de sus alumnos, la frialdad en el trato de sus compañeros de trabajo; hasta en las redes sus letras se quedaban solas esperando la respuesta al saludo.
No, no era feliz, al mundo podría gritarle sus afirmaciones de autoayuda y sus creencias, pero allí en ese espacio nada cálido, al enfrentarse a sí misma y ver en ella a su propia enemiga, tampoco se toleraba, podía reconocer su propia mentira y eso le hacía quererse menos. Su siembra personal nunca fue destinada a su propia creación humana, sino a hacer sentir mediocres a los demás donde siempre creyó encontrar enemigos.
La amiga ha creado un concurso de cuentos a partir de una fotografía, puedes leer más aquí
Esta fue mi participación de la semana.
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