Hace unos años me pediste que dejara de amarte, quizá porque sabías lo insano que era mi amar, mis ganas de estar contigo y con nadie más. Considerabas egoísta la idea de no poder querer a otra persona porque yo te seguiría esperando. Hace dos años que estuve en mi peor estado, perdido entre las sombras, desgastado y agonizando en la oscuridad. Me vi en un espejo y estaba muriendo, lo peor es que era por ti. Dispuesto a morir por esta guerra perdida que algunos locos llaman amor. Contento de abrir mi pecho para recibir las flechas que de tu boca salían. Moría por una causa que no era más que la consecuencia de mi ingenuidad. Con la desolación vino el desengaño aquel día en el que te vi besar otros labios que no eran los míos, y ver otros ojos que tampoco eran los míos.
No tuve fuerzas para enfrentar ese momento, y como siempre lo he hecho toda mi vida: hui. Fue la primavera más fría de toda mi vida, parecía invierno porque en mi corazón solo había hielo y oscuridad, tenía un poco de otoño cuando las hojas del árbol de mi vida comenzaron a caer como una bandada de pájaros ante el cañón de un rifle de cazador. Fueron muchas noches en las que pensé lanzarme al precipicio, sin embargo, estando a punto de caer retrocedía, había algo que me impedía dar el último paso y entregarme a la condena de extrañarte y de que tú me olvidaras. Una pequeña distancia no me dejaba caer, quizá era tu recuerdo o mi terquedad, el negarme a la resignación.
Cuando creí todo perdido, de la nada un día volviste a aparecer. Así como te recordaba, y en ese momento ya no hablaba el desamor, sino que tus ojos estaban sedientos y buscaban a los míos. No pude creerlo. Y dos semanas después llegó la noche más feliz de mi vida…
Este post es de mi autoría