Cuando era pequeña sentía que tenía una conexión con el mar. Solía acercarme a la orilla y usaba mis poderes. Estaba lo suficientemente cerca pero aún lo suficientemente lejos como para que el agua tuviera que hacer el esfuerzo de llegar hasta mis pies y besarlos. Pensaba que con mi mente podía llamarlo a voluntad: ''Ven, ven. Cúbreme los pies.'' Y a veces lo hacía. Cuando me empecé a dar cuenta que no dependía de mis deseos sino de los caprichos del azar, comencé a jugar con él. ''Si esta vez el mar toca los dedos de mis pies, significa que nos iremos tarde de la playa.'' ''Si esta vez no me toca significa que nos agarrará una tormenta en cualquier momento.'' Después de estar unos buenos minutos con los pies enterrados en la arena y ver que no pasaba nada, mis padres me llamaban y me miraban con cara de extrañeza. Cuando iba, sorprendida, hacia ellos corriendo una pequeña parte de mi se quedaba con el mar.
Fotografía propia
Después de esto ocurrió lo de las cucharas y la telekinesis. Estaba de viaje y tenía tiempo de ocio de más. ¿Por qué no intentar mover las cosas con la mente? Google: ''Spoon bending''.
Concentrarse en la cuchara. Acariciarla en la parte curva intensamente mientras le ordenas que se debe doblar. Luego de algunos minutos ordénale que se doble: ¡Dóblate!
Y se dobló. De verdad lo doblé. Claro que cuando le fui a enseñar a mis hermanas y madre no ocurrió. La magia me abandonó una vez más.
Años después ya no quise mover cosas sino adivinarlas. Uno de los últimos intentos fue el de la adivinación mediante los carros. Los azules y los rojos. Podía predecir eventos con el simple hecho de cerrar los ojos y abrirlos. El primer color que viera me decía algo: azul sí, rojo no. ''Si abro los ojos y el primer carro que veo es azul, él me quiere, si es rojo, no me quiere.'' Entonces los cerraba con todas las fuerzas y cuando los abría veía los carros: blanco, plateado, negro, gris... rojo. ¿Rojo? No puede ser. Y entonces repetía el proceso hasta encontrar el añorado azul.
El último intento de adivinación fue la escritura. Ya no me interesaban los eventos externos ni mover las cosas con mi mente. El objeto en estudio era yo misma, por saberme. Aún sigo escribiendo, aún sigo sin poder adivinar nada.