Oh, mi señor Don Quijote,
esforzado caballero.
No quise yo poner tacha
ni cometer desafuero
con la titánica empresa,
que, temerario y sereno,
habéis empredido brioso
del abedé de los metros
enseñar a los novicios
trovadores estimeros.
Con un par de anotaciones
sobre cómo arreglar versos
quise yo detrás ponerme,
como discreto escudero,
de mi señor Don Quijote,
esforzado caballero.
Pues se ultraja la poesía
en estos prosaicos tiempos,
con tan gallarda cruzada
bien hacéis, bien habéis hecho.
Es el ímpetu tan grande
de vuestro intrépido esfuerzo,
son tan grandes las ansias
que mostráis con vuestro empeño,
que quisierais tener ya
bien entrenados ejércitos
de versados rimadores,
de acompasados rapsodas
y de maestros troveros.
Paso, señor Don Quijote,
esforzado caballero,
que las ínsulas se ganan
paso a paso, verso a verso;
y los poetas novicios,
antes de que sean diestros,
con esforzados trabajos
han de amaestrarse primero.
Advierta, vuesa merced,
que acometer un soneto
un aprendiz de poeta
es cometido quimérico:
que a un descomunal gigante
no se enfrente un niño enfermo.
Permítame, mi señor,
decir con mucho respeto,
que empiece por los romances
que tanto gustan al pueblo:
tienen hermosas historias,
fácil rima y fácil verso.
Y ahora ya pongo fin,
pues no quiero ser molesto,
a la carta que yo escribo,
como leal escudero,
a mi señor Don Quijote,
esforzado caballero.