Lanzó la toalla al piso, si no se vestía rápido no llegaría a tiempo al culto, no recordaba cómo había llegado a él, solo sabía que estaba dispuesta a lo indecible con tal de lograr su sueño… incontables tratamientos médicos, visitas a yerbateros, practicas diarias, posiciones variadas… había intentado de todo para tener un hijo… sin embargo no había pasado, pero hoy luego de largos meses había sido llamada al ansiado ritual de purificación, ese del que confiaba obtendría su milagro.
Llego húmeda, tanto por el sudor como por no haberse secado bien, vestía un minúsculo traje negro sin ropa interior u otra prenda… entro al recinto y sus ojos fueron rápidamente cubiertos, entonces, fue llevada por cientos de manos que la guiaban y fue acostada en lo que asumió era un mármol, distinguía solo murmullos guturales, tambores y el golpeteo rítmico de un cencerro que parecía acompasado a su frenético corazón, a pesar del calor producto de una fuerte humarada, el crepitante fuego y la infinidad de cuerpos, sentía frío, sus manos sudaban y su cuerpo temblaba sin razón…
De repente, una voz que parecía provenir de ningún lado hablo en una lengua ininteligible, silencio… su corazón fue atravesado por una daga, sus carnes fueron rasgadas y repartidas entre los asistentes, quienes con su sangre ejecutaron una diabólica orgía cargada de desenfreno y pasión. Nueve meses más tarde, las mujeres participes de aquel culto tenían hijos en sus brazos, el sueño de ella no se había cumplido, aunque ahora todos la llamaban la suprema madre.