Andaba por las calles con el mismo desparpajo de quien danza al caminar, su cuerpo se contoneaba en un vaivén de energía al ritmo de sus largos y rojos tacones, era alta, flaca y esbelta y su minúscula mini falda dejaba ver aquello que no necesita de la imaginación pues a la vista se encontraba…
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Su plano vientre hacia juego con el hambre de su estómago y sus largas y pálidas piernas, parecían un camino azul de venas, que brillaban al reflejar los arreboles del ocaso. Sin embargo, su actitud era la de una reina, se sabía la dueña del barrio y por ella los hombres pagaban, deliraban e incontables veces mientras la esperaban también denigraban de ella...
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Por la zona muchos la juzgaban, pero sus circunstancias no las había decidido ella… Una madre alcohólica acostumbrada a llevar a su cama a cualquiera, una abuela enferma cuyas horas las pasaba maldiciendo su deplorable existencia, y esos seis niños quienes dulcemente la llamaban hermana, y quienes como cachorros felices salían a abrazarla por las mañanas, a quienes ella procuraba darles amor, ropa y alimento, para que pudieran vivir eso que la gente llama infancia, eso que en su obligada madurez no había conocido, pues no todas nacen para damas… Fuente Desde siempre supo que con el sudor de su piel daría de comer a todos en su mesa y eso la llenaba de un amargo orgullo y aunque para todos no era más que una mujerzuela, la meretriz del barrio, la prostituta, la fácil y la sinvergüenza, la mala junta, la que contamina, la dueña de los murmullos y de las malas lenguas, a los ojos de esos niños ella era el sostén, la proveedora, la heroína y la guerrera… La que evitaba con su cuerpo que el hambre y la miseria los consumiera…

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Cada tarde, pintaba sus labios y empolvaba sus ojeras tratando de tapar con maquillaje su llanto y sus miserias, mientras el espejo le recordaba que era la madame de la noche, aquella que con el desequilibrado movimiento de su cuerpo, acompañado de algunos inusuales compases y uno que otro esporádico quejido, era capaz de cumplir las más ocultas e innombrables fantasías…
Y yo, desde la otra acera y como testigo de piedra, paso y me pregunto ¿Quién puede juzgar las circunstancias ajenas?, ¿Quién está libre de pecados?, ¿Quién en su andar no deja huellas?...