Y esa noche solitaria él simplemente salió y se sentó a fumar un cigarrillo en medio de la calle desierta como si no hubiese peligro alguno, como si ya no le temiera a nada…
Yo siempre lo veía cuando se sentaba en el patio para desahogarse, a veces estaba tan estremecido y frustrado que se tocaba mil veces la cabeza, como si no se soportara a sí mismo; otras se encontraba más apático, apagado y todo le era indiferente. También había días que estaba eufórico y hacía tantas cosas que ni se acordaba del patio.
Nunca decía nada, yo sé que le pasaban cosas (como a todos) pero él nunca decía nada y yo no le preguntaba porque pensaba que se sentiría expuesto o atacado, algunas veces pensaba que era un exagerado. Aun así me preocupaba porque no es bueno guardarse tantas tristezas, rabias, penas, lágrimas o palabras, por diminutas que sean, pero él nunca hablaba abiertamente y yo prefería esperar a que él me contara… y ese fue mi error.
Lo veía llenándose poco a poco y me daba terror verlo explotar, no quería verlo quebrado; pero aun así, por ignorancia, yo tampoco hacía nada.
Señales ignoradas
Yo siempre lo veía cuando se sentaba en el patio para desahogarse, a veces estaba tan estremecido y frustrado que se tocaba mil veces la cabeza, como si no se soportara a sí mismo; otras se encontraba más apático, apagado y todo le era indiferente. También había días que estaba eufórico y hacía tantas cosas que ni se acordaba del patio.
Nunca decía nada, yo sé que le pasaban cosas (como a todos) pero él nunca decía nada y yo no le preguntaba porque pensaba que se sentiría expuesto o atacado, algunas veces pensaba que era un exagerado. Aun así me preocupaba porque no es bueno guardarse tantas tristezas, rabias, penas, lágrimas o palabras, por diminutas que sean, pero él nunca hablaba abiertamente y yo prefería esperar a que él me contara… y ese fue mi error.
Lo veía llenándose poco a poco y me daba terror verlo explotar, no quería verlo quebrado; pero aun así, por ignorancia, yo tampoco hacía nada.
El quiebre
Esa noche él sabía que ya no le dolería más, que ya no batallaría con más demonios, que ya no tendría que luchar consigo mismo; por eso estaba tan tranquilo, por eso ya no le temía al peligro de la calle, porque ya no le tenía miedo a nada… más que a seguir viviendo.
Desde mi ventana, unos minutos después de sentarse lo vi desvanecerse de pronto, salí inmediatamente corriendo hacia él pidiendo ayuda a gritos; el cigarrillo que tenía en sus manos cayó al suelo junto con el resto de su cuerpo y poco a poco se apagó, al igual que él. Ya cuando llegaron los vecinos él estaba como las cenizas de cigarrillo, desvanecido.
Yo no entendía por qué había sucedido esto, por qué lo había hecho, hasta días después de su entierro que encontré en sus cosas unos exámenes que respondieron mis incógnitas. Mi hermano padecía de trastorno bipolar, él lo sabía, mi madre también y ambos se fueron de este mundo sin decírmelo; lo único que me dijo ella antes de morir fue ‘‘CUÍDALO’’ y nunca entendí por qué yo tenía que cuidar de mi hermano mayor (cuando debería ser al contrario), hasta ahora.
¡Ahora lo entiendo TODO! yo de tonta que no le presté la suficiente atención. Con cada episodio de frustración y depresión acumulado él iba rasgando su mente, su alma, hasta que ninguna de las dos pudo más y ambas se quebraron; y cuando se llega a ese punto solo hay dos opciones: luchar por reconstruirnos o dejar de luchar del todo. La primera es muy difícil cuando te sientes solo, cansado, y además roto en todos los sentidos, así que él eligió la segunda… y jamás dejaré de sentir gran culpa por ello.
Desde mi ventana, unos minutos después de sentarse lo vi desvanecerse de pronto, salí inmediatamente corriendo hacia él pidiendo ayuda a gritos; el cigarrillo que tenía en sus manos cayó al suelo junto con el resto de su cuerpo y poco a poco se apagó, al igual que él. Ya cuando llegaron los vecinos él estaba como las cenizas de cigarrillo, desvanecido.
Yo no entendía por qué había sucedido esto, por qué lo había hecho, hasta días después de su entierro que encontré en sus cosas unos exámenes que respondieron mis incógnitas. Mi hermano padecía de trastorno bipolar, él lo sabía, mi madre también y ambos se fueron de este mundo sin decírmelo; lo único que me dijo ella antes de morir fue ‘‘CUÍDALO’’ y nunca entendí por qué yo tenía que cuidar de mi hermano mayor (cuando debería ser al contrario), hasta ahora.
¡Ahora lo entiendo TODO! yo de tonta que no le presté la suficiente atención. Con cada episodio de frustración y depresión acumulado él iba rasgando su mente, su alma, hasta que ninguna de las dos pudo más y ambas se quebraron; y cuando se llega a ese punto solo hay dos opciones: luchar por reconstruirnos o dejar de luchar del todo. La primera es muy difícil cuando te sientes solo, cansado, y además roto en todos los sentidos, así que él eligió la segunda… y jamás dejaré de sentir gran culpa por ello.