Amelia Ceptin se encontraba en su casa, estaba pensando en George Megre de nuevo. George era su amigo entrañable desde la infancia, habían pasado juntos por secundaria. Megre solía llevar el cabello el rulos bastante desordenados, y desde aquel viaje ella no paraba de pensar en las palabras que él le había dicho bajo el cielo estrellado de los campos en Escocia.
En una mañana de abril, Amelia se acercó a la ventana y reflexionó sobre su entorno húmedo, todavía frío por los resquicios de un invierno que no pareciera irse jamás. Siempre había odiado a la lluviosa Berlín con sus asustados y afables escondrijos. Era un lugar que alentaba su tendencia a sentirse brillante.
Entonces ella vio a través del vidrio de la ventana, algo a lo lejos, o más bien alguien acercándose por la avenida aledaña. Era la figura alargada de George Megre.
Amelia tragó saliva y echó un vistazo a su propio reflejo. Desde aquel viaje se había cortado la pelirroja y abundante cabellera que solía llevar en trenzas. Estaba vestida con varias capas de ropa para refugiarse del frío y el propio abrigo que su mejor amigo le había regalado. Se sentía como una aventurera ansiosa por ver lo que iba a pasar, amaba a George, pero no se sentía lista, él estaba acostumbrado a desaparecer, dejando fantasmas a su alrededor.
Pero ni siquiera una persona como ella, tan inteligente, pero espabilada para las relaciones amorosas, se negaba a aceptar sus sentimientos hacia George. No estaba, ni estaría preparada para lo que George le tenía reservado hoy.
La lluvia martilleaba como gatos furiosos por las amplias ventanas, haciendo que Amelia se sintiera aún más estresada. Amelia agarró a su pequeño perrito, que se encontraba cerca de su cariñosa dueña; ella lo cargó en su regazo y masajeó con sus dedos algunos segundos. Cuando escuchó el timbre puso a su mascota en el suelo y se dispuso a recibir a su compañero.
Cuando Amelia salió y George se acercó saludandola, ella pudo ver ese destello de tristeza característica de sus ojos pálidos y dormilones. A ninguno de los dos le importaba estar empapando sus abrigos por la llovizna vespertina de Berlín.
George le dedicó una mirada tierna a los labios rosados de Amelia. Y musitó:
–Te ves bien cuando llevas el abrigo rojo que te di.
Esto hizo sonrojar a Amelia en cuestión de segundos, como era posible rechazarlo. En su mente no cabía el pensamiento de las segundas oportunidades.
–Es el mejor abrigo que he tenido hasta ahora– respondió con un nudo en la garganta.
–Amm, quería conversar contigo acerca de la otra noche, no me pude expresar con claridad. Yo quiero que tu y yo estemos juntos para siempre, en esta vida y en las próxi...
Amelia miró hacia atrás, aún más triste y más cerca de romper en llanto, interrumpió el intento amoroso de su compañero de secundaria. "George, lo siento, pero siempre serás un amigo para mí", respondió ella.
Se miraron con tristeza, como dos lobos asustados, saltando en una tormenta de nieve amenazante por congelar sus sentimientos. En dicho escenario se podía escuchar el tenue sonido de una sinfonía, sin embargo resultaba tétrica porque al fondo se escuchaban algunos cantos, algunos susurros. Ese era el canto de dos almas entrelazadas por el destino, pero separadas por los errores de los cuerpos físicos
Amelia estudió la poblada barba y el cabello de George. Finalmente, ella respiró profundamente.
–Lo siento–, comenzó Amelia en tono de disculpa,–pero no me siento de la misma manera, y nunca lo haré. Simplemente no puedes tratar de reemplazarla conmigo, George–.
George parecía que lo acababan de apuñalar en el estómago, sus emociones fueron expuestas pero miles de cuchillas heladas se encargaron de matar esas ilusiones, esos sentimientos.
Amelia no pudo escuchar a las ilusiones de George hacerse añicos en miles de piezas. Porque luego de esos minutos de profunda tristeza, su amigo se alejó apresuradamente, hasta perderse en la distancia.
Ni siquiera un vaso de vino, sería capaz de calmar los nervios de Amelia esta noche o las siguientes.
EL FIN