¿Quién no ha vivido en carne propia o a visto sufrir a un familiar o amigo por los efectos del Chikungunya?, aquí les dejo un texto que me ha inspirado este indeseable virus.
En el año 2011, el cine nos regaló una obra que muchos catalogaron como irreverente, absurda y profundamente cubana: Juan de los Muertos. Su creador, Alejandro Brugués, no solo dirigió una comedia de zombis cargada de humor negro, sino que, sin proponérselo, pareció anticipar una realidad que hoy se nos hace inquietantemente familiar.
En aquella historia, La Habana era invadida por muertos vivientes. No había explicaciones claras, ni soluciones inmediatas. Solo quedaba resistir. Sobrevivir. Adaptarse. Y, sobre todo, reír para no derrumbarse.
Hoy, más de una década después, esa ficción parece haberse transformado en una metáfora dolorosamente tangible. El virus del Chikungunya ha dibujado un escenario que, sin necesidad de maquillaje ni efectos especiales, nos convierte en versiones modernas de aquellos zombis.
Los nuevos zombis somos nosotros.
Caminamos lento, con las articulaciones ardiendo como si cada paso fuera una fractura invisible. El dolor no es superficial; es profundo, persistente, como si el cuerpo se rebelara contra sí mismo. Nuestras miradas se nublan bajo el peso de la fiebre, el agotamiento y la falta de descanso. No avanzamos por voluntad, sino por necesidad.
Nos arrastramos, no hacia otros, sino hacia algo mucho más simple y urgente: un poco de alivio. Una tableta de paracetamol. Un vaso de agua fresca. Una mano que nos ayude a levantarnos del cansancio que no se ve, pero que se siente en cada fibra.
Como en la película, el origen del mal se percibe difuso. Sabemos que está ahí —en los mosquitos, en el aire húmedo, en los criaderos invisibles— pero no siempre sabemos cómo detenerlo. Se propaga silencioso, como un fuego sin llamas, extendiéndose de casa en casa, de cuerpo en cuerpo.
Los criaderos de mosquitos se han convertido en nuestras zonas de riesgo, nuestros territorios contaminados. Lugares que evitamos, pero que muchas veces están demasiado cerca para ignorarlos.
Y sin embargo, hay una diferencia esencial que separa la ficción de nuestra realidad.
Los zombis de Juan de los Muertos buscaban devorar vida.
Nosotros, en cambio, buscamos aferrarnos a ella.
Buscamos una voz que diga “aquí estoy”.
Buscamos compañía en medio del malestar.
Buscamos un gesto mínimo: alguien que acerque agua, que prepare una infusión, que ofrezca consuelo.
En medio de esta experiencia, lo humano se vuelve más evidente que nunca. La fragilidad nos iguala, pero también nos conecta.
Brugués retrató la resiliencia cubana con sarcasmo, sangre ficticia y escenas grotescas que arrancaban carcajadas. Hoy, esa resiliencia no necesita guion. Se mide en grados de fiebre, en noches interrumpidas por el dolor, en cuerpos que siguen en pie aunque todo les pida detenerse.
La película era una metáfora ingeniosa.
Nuestra realidad, en cambio, es una narrativa cruda que no necesita artificios para estremecer.
Y aun así, como todo buen relato —sea ficticio o vivido—, seguimos esperando algo.
Un desenlace.
Un alivio colectivo.
Un punto final que nos permita decir que sobrevivimos.
Hoy, más que nunca, anhelamos que esta historia real, dolorosa y compartida… también tenga su Happy End.
En el año 2011, el cine nos regaló una obra que muchos catalogaron como irreverente, absurda y profundamente cubana: Juan de los Muertos. Su creador, Alejandro Brugués, no solo dirigió una comedia de zombis cargada de humor negro, sino que, sin proponérselo, pareció anticipar una realidad que hoy se nos hace inquietantemente familiar.
En aquella historia, La Habana era invadida por muertos vivientes. No había explicaciones claras, ni soluciones inmediatas. Solo quedaba resistir. Sobrevivir. Adaptarse. Y, sobre todo, reír para no derrumbarse.
Hoy, más de una década después, esa ficción parece haberse transformado en una metáfora dolorosamente tangible. El virus del Chikungunya ha dibujado un escenario que, sin necesidad de maquillaje ni efectos especiales, nos convierte en versiones modernas de aquellos zombis.
Los nuevos zombis somos nosotros.
Caminamos lento, con las articulaciones ardiendo como si cada paso fuera una fractura invisible. El dolor no es superficial; es profundo, persistente, como si el cuerpo se rebelara contra sí mismo. Nuestras miradas se nublan bajo el peso de la fiebre, el agotamiento y la falta de descanso. No avanzamos por voluntad, sino por necesidad.
Nos arrastramos, no hacia otros, sino hacia algo mucho más simple y urgente: un poco de alivio. Una tableta de paracetamol. Un vaso de agua fresca. Una mano que nos ayude a levantarnos del cansancio que no se ve, pero que se siente en cada fibra.
Como en la película, el origen del mal se percibe difuso. Sabemos que está ahí —en los mosquitos, en el aire húmedo, en los criaderos invisibles— pero no siempre sabemos cómo detenerlo. Se propaga silencioso, como un fuego sin llamas, extendiéndose de casa en casa, de cuerpo en cuerpo.
Los criaderos de mosquitos se han convertido en nuestras zonas de riesgo, nuestros territorios contaminados. Lugares que evitamos, pero que muchas veces están demasiado cerca para ignorarlos.
Y sin embargo, hay una diferencia esencial que separa la ficción de nuestra realidad.
Los zombis de Juan de los Muertos buscaban devorar vida.
Nosotros, en cambio, buscamos aferrarnos a ella.
Buscamos una voz que diga “aquí estoy”.
Buscamos compañía en medio del malestar.
Buscamos un gesto mínimo: alguien que acerque agua, que prepare una infusión, que ofrezca consuelo.
En medio de esta experiencia, lo humano se vuelve más evidente que nunca. La fragilidad nos iguala, pero también nos conecta.
Brugués retrató la resiliencia cubana con sarcasmo, sangre ficticia y escenas grotescas que arrancaban carcajadas. Hoy, esa resiliencia no necesita guion. Se mide en grados de fiebre, en noches interrumpidas por el dolor, en cuerpos que siguen en pie aunque todo les pida detenerse.
La película era una metáfora ingeniosa.
Nuestra realidad, en cambio, es una narrativa cruda que no necesita artificios para estremecer.
Y aun así, como todo buen relato —sea ficticio o vivido—, seguimos esperando algo.
Un desenlace.
Un alivio colectivo.
Un punto final que nos permita decir que sobrevivimos.
Hoy, más que nunca, anhelamos que esta historia real, dolorosa y compartida… también tenga su Happy End.

Espero como siempre sus comentarios. Creen que realmente es comparable la ficción con la realidad?