Ayer, sobre las once de la mañana, en el Colegio Universitario San Gerónimo, pasé a la historia. Gracias a Dios, obtuve mi segundo título de Máster en Arte, esta vez en Teatro.
La vida es un constante reto y una de las satisfacciones más grandes que nos pueda quedar hasta el último día en que cerramos los ojos, es que nos superamos, que crecimos más que físicamente, espiritualmente, cognoscitiva y profesionalmente. Eso es lo único que no llevamos con nosotros. Lo demás, como diría Salomón, es “vanidad de vanidades”.
Mis amigos no se han detenido de felicitarme por diferentes vías: plataformas sociales o llamadas. Lo cual me produce mucha satisfacción.
En este instante, me detengo por unos minutos y miro atrás, bien atrás. Recuerdo cuando apenas era un niño. En medio de mis estudios en la primaria, quería escribir cuentos, hacer fábulas, novelas, teatro. La vocación estaba latente.
Hasta que un día le entregué a mi maestra de cuarto grado un cuento que había escrito. Ella lo leyó y lógicamente me hizo sus señalamientos, y pronto, gracias a un maestro de teatro del pueblo donde vivía, Herradura, estuvo en escena.
Temprano, a los ocho años me convertí en un autor estrenado. Luego este mismo maestro, Antonio Robaina, crearía un pequeño grupo de teatro con los compañeros mío de aula y presentaríamos versiones de obras de teatro de otros autores. ¡Todavía recuerdo algunos pasajes de ellas!
Así se fue formando una vocación y se fue configurando un sueño. Nunca me detuve, luché fuerte, con todas las ganas para hacerme un artista.
No fueron pocas las trabas que viví en el camino. Pero siempre tuve la mano de mi madre para ayudarme. Con apenas unos pocos pesos ella me ayudaba. Hacía lo que podía y se lo agradecía con el alma.
Con el escaso presupuesto iba a los teatros, por suerte no muy costosos, y obtenía algo de comer para sustentarme en mis estudios. Fueron tiempos duros, pero nunca cesó mi fuerza y menos mi ánimo.
Vendrían las Maestrías que hice al mismo tiempo, el Máster en Estudios Teóricos de la Danza y el Máster en Procesos Formativos de la Enseñanza de las Artes. Los viajes a La Habana, desde Pinar del Río donde vivo, serían el doble de costosos. Pero debía seguir superándome.
No menos esfuerzo y estudio conllevó el proceso de hacer las maestrías. Apenas podía ir a mi casa. Pero también apeas podía acceder a satisfacer mis necesidades más básicas. Y el tiempo pasó y pasó.
Mis notas fueron excelentes. Pronto fue reconocido como uno de los mejores alumnos dentro de las dos Maestrías. Eso sí, me daba mucho dolor ver partir, no poder terminar sus proyectos a muchos de mis compañeros.
Vendría el casi año y medio de COVID-19, y mis planes y proyectos se detendrían en parte. Mis proyectos de tesis variaban constantemente. Uno y otro tema surgía dado que las circunstancias precisaban que me ajustara a un tema que pudiera desarrollar correctamente.
Dios quiso que eso sucediera y que sobreviviera a la Pandemia. Y hoy, al cabo casi de cinco años en que comencé mis estudios puedo dar nuevamente gracias a Dios porque obtuve mi segunda maestría. Eso es el motivo de satisfacción más grande que me ha llegado en este año.
*Las fotos pertenecen en su totalidad al archivo personal.