He estado aquí un sin número de veces, agobiado con mis cosas, mis estudios y mis problemas. Un manantial de cotidianidad que me mantenían ciego, ahogado y en silencio.
Esa mañana comenzó como una mañana cualquiera, con el frio de todos los miércoles y las mismas caras de siempre.
Perros que nos perseguían, hambrientos y sedientos como cada día.
Recogimos mangos cerca de los bancos mientras otros aún se preparaban para la evaluación que teníamos ese día, yo la verdad ya estaba bastante cansado de leer y lo deje.
Al salir de la prueba algo cambio, y si, nos fue bien. Pero note colores que no había visto, hojas que aunque siempre estuvieron ahí nunca pude ver, el paisaje era totalmente hermoso y decidí abandonarlo todo y dejarme llevar por lo que veía.
Me adentre en las hojas sin importarme lo que tenía puesto, vi aves volar, hojas caer y juntarse en el suelo, me sentí libre, me sentí feliz. La luz era perfecta, los rayos de sol se adentraban entre las ramas de los pinos e iluminaban el suelo, habían hormigas que cargaban alimento mientras que de los pinos se desprendían piñas.
Un día donde la cotidianidad amenazaba con dejarme vacío de nuevo se transformó en una sorpresa absoluta para mi alma.