El agua trepaba lenta tras los topochales, tiñendo de dorado los tejados de adobe. En una casa vieja, con paredes agrietadas y un ventilador que zumbaba sin fuerza, una laptop iluminaba la penumbra. Frente a ella, un joven de veintitantos, con el cabello desordenado y una camiseta desteñida, tecleaba con dedos ásperos. La habitación olía a gasoil y gallina y a tierra húmeda que se colaba por la ventana. En la pantalla, una entrada de blog cobraba vida.
Entrada #1: «Niño Rata en el cañaveral»
23 de abril, 11:03 p.m.
«Aquí todos me llaman Niño Rata. Dicen que ando solo, que me escurro entre las sombras, que miro de lejos. Hoy corté caña desde las cinco. El machete pesa más de lo que parece, y el sol quema como si tuviera algo personal contra mí. Mis manos están llenas de ampollas, pero no digo nada. El señor Anselmo, el capataz, me miraría con esa cara de «los hombres no se quejan».
Este pueblo es un reloj detenido. Cortar caña, pescar en el río, coquear maíz, la fiesta del patrono. Todo igual, siempre. Pero yo no encajo. No quiero vivir cortando caña toda la vida, aunque sé que es lo que esperan. Quiero… no sé qué quiero. Algo que no me mire con cara de «este muchacho está loco».
Me inscribí en la universidad. Clases los sábados, a 45 minutos de aquí. No sé cómo voy a llegar, el transporte es un desastre, y no tengo plata para más que las guías y el pasaje. Pero quiero intentarlo. Escribo esto porque necesito que alguien, aunque sea un desconocido detrás de una pantalla, me escuche. ¿Hay alguien ahí?»
El cursor parpadeó. Niño Rata cerró la laptop con un golpe seco y se recostó en la silla, que crujió bajo su peso. Sus manos temblaban, marcadas por la caña. A lo lejos, los grillos cantaban, y un gallo despistado cacareó en la medianoche. Se asomó a la ventana: el pueblo dormía bajo un cielo salpicado de estrellas.
Al día siguiente, el río corría lento, reflejando el sol como un espejo roto. Niño Rata, descalzo, con los pantalones remangados, sostenía una tarraya improvisada. El agua fría le lamía los tobillos. Un niño del caserío lanzaba piedras al río, riendo con cada salpicadura. «¡Rata, apunta mejor!» —gritó el pequeño, y Niño Rata sonrió, pero su mente estaba en la universidad, en los sábados que venían, en el camino de 45 minutos que lo separaba de la ciudad.
Entrada #2: «El río y el sábado que no fue»
26 de abril, 1:15 a.m.
«Fui a pescar al río. No pesqué nada, pero no importa. Me gusta sentarme en la orilla, escuchar el agua, olvidar por un momento que todos esperan que sea como ellos. Pero hasta ahí llegan las miradas. Rosa, la de la bodega, me gritó desde el paso: «¡Rata, deja de soñar y ponte a trabajar de verdad!». Todos rieron. Yo también, pero por dentro me ardía.
Hoy era mi primer sábado en la universidad. No hubo carro que me diera la cola, ni transporte que pasara. Caminé una hora bajo el sol, con el bolso lleno de guías que compré con lo que gané en la caña. Una camioneta me llevó un tramo, pero empezó a llover. Un aguacero que calaba hasta los huesos. Me regresé, empapado, con las guías mojadas y el hambre apretando. No tengo plata para comida, solo para el pasaje y las guías. Cada viaje es una apuesta.
Subí un video desde el río. Hablé de cómo se siente estar atrapado entre este pueblo y algo que no sé si puedo alcanzar. La tecnología es mi escape, pero también mi jaula: el internet se cae, la laptop se calienta, y cada entrada que escribo me recuerda que estoy gritando a un vacío. ¿Alguien lo ve? ¿Alguien escucha?»
El video, «El murmullo del río», mostraba a Niño Rata en una piedra, con el río de fondo. Hablaba despacio, mirando el agua. «No sé si estoy huyendo o buscando», decía, mientras el viento le revolvía el cabello. «La laptop es mi ventana, pero a veces no sé si hay alguien al otro lado». Los comentarios llegaron, pocos, pero suficientes:
RioSinFin: «Rata, te entiendo. Mi pueblo también me ahoga. Sigue escribiendo».
PuebloLoco: «Jaja, ¿películas ahora? Ven al dominó, Rata».
EstrellaFugaz: «El río habla, pero hay que saber escuchar. La tecnología no es tu jaula, es tu puente».
Niño Rata leyó los comentarios con una chispa en los ojos. El de EstrellaFugaz lo hizo detenerse. «Un puente», murmuró, releyendo. Respondió por primera vez: «Gracias, Estrella. Espero que este puente me lleve a algún lado».
Entrada #3: «La luz que se fue»
29 de abril, 10:22 p.m. (Escrita en un documento, publicada el 2 de mayo)
«Hace tres días se fue la luz. Justo cuando iba a subir una entrada. La laptop se apagó, y con ella mi voz. No tenía dinero para recargar el internet del celular, así que escribí esto en un documento, esperando. Tres días sin luz, tres días sin poder publicar, sin leer sus comentarios. Me sentí como un pájaro con las alas cortadas.
Escribir en la laptop, aunque sea sin internet, es mi manera de respirar. Pero sin luz, sin conexión, el silencio del pueblo se siente más pesado. Fui al río, a pescar, pero esta vez no era calma, era vacío. Miraba la pantalla negra de la laptop y sentía que me miraba de vuelta. Don Anselmo me vio en la plaza y dijo: «Rata, ¿sigues con esa máquina? Eso no te va a dar de comer». No respondí. ¿Cómo le explico que esto es lo único que me mantiene vivo?
La luz volvió hoy, pero el internet sigue débil. Subo esto desde la Finca de Cauca, que me dejó usar su señal. No sé si alguien leerá esto, pero necesito soltar este peso. ¿Cómo se sigue cuando el puente se tambalea?»
Niño Rata escribió esa entrada a la luz de una vela, con los mosquitos zumbándole en los oídos. Cada palabra era un esfuerzo, como si las arrancara de la oscuridad. Cuando la luz volvió, tres días después, corrió a la Finca. La señal era lenta, pero suficiente. Publicó la entrada y esperó, con el corazón en un puño.
RioSinFin: «Rata, qué duro. Pero sigues aquí, escribiendo. Eso es fuerza».
EstrellaFugaz: «El puente no se rompe, Rata. Aunque tambalee, sigue siendo tuyo».
Niño Rata sonrió, pero el nudo en el pecho no se deshizo del todo. Fue a la plaza, donde don Anselmo jugaba dominó. «Rata, ¿sigues con tus videos?» —preguntó, con una risa burlona.
«Sí», respondió, firme. «Y no voy a parar». El viejo frunció el ceño, pero no dijo más.
La fiesta del patrono llegó al caserío como un torbellino. El boulevard, una calle polvorienta flanqueada por casas desvaídas, se llenó de luces, cumbia y risas. Niño Rata caminaba entre los puestos de cervezas y carros, con el olor llenándole los pulmones. Los niños corrían con globos que se escapaban al cielo, y la miniteka tocaba con tambores que resonaban en el pecho.
Entre la multitud, la vio. Nina, con un vestido azul que brillaba bajo las luces, bailaba con sus amigas. Sus ojos se cruzaron, y ella le sonrió, una sonrisa que era mitad burla, mitad desafío. Niño Rata sintió un calor en las mejillas y desvió la mirada. Nina se acercó, con una botella de refresco en la mano.
«¿No bailas, Rata?» —preguntó, inclinándose hacia él.
«Tal vez después» —respondió, rascándose la nuca.
«Siempre dices lo mismo» —dijo ella, con una ceja arqueada—. «¿Qué esperas? ¿Que la ciudad venga a buscarte con esa laptop tuya?».
Niño Rata tragó saliva. «No es tan fácil, Nina. La universidad, el blog… no sé si puedo con todo».
Ella lo miró, seria. «Nadie puede con todo, Rata. Pero no puedes quedarte mirando desde la orilla para siempre. Yo quiero irme, contigo. Pero tienes que decidirte». Se alejó, su risa mezclándose con la cumbia, dejándolo con el corazón acelerado.
Entrada #4: «Luces y miedos»
3 de mayo, 2:44 a.m.
«Hoy fue la fiesta del patrono. El boulevard estaba vivo, con luces que parpadeaban como luciérnagas y joropo que te hacía querer moverte. Me quedé en un rincón, mirando. Siempre miro. Nina estaba ahí, bailando como si el mundo no tuviera bordes. Me miró, y por un segundo sentí que me veía de verdad. No como Niño Rata, no como el raro que escribe en una laptop. Como… yo.
Pero luego pensé en lo que me dijo. Quiere venirse a vivir conmigo, que dejemos el pueblo, que empecemos en la ciudad. Y me dio pánico. No quiero cortar caña para siempre, pero si me la llevo, tendré que trabajar más, tal vez en algo que me aplaste. Y la universidad… los sábados son un caos. Llego tarde, empapado o quemado por el sol. Para regresar, espero horas en la parada, contando monedas que solo alcanzan para el pasaje y las guías. Vivo a 45 minutos de la ciudad, y cada viaje me recuerda lo lejos que está todo.
La laptop es mi escape, pero también mi peso. Cada entrada, cada video, es un pedazo de mí que lanzo al mundo, esperando que alguien lo atrape. Grabé un video en la fiesta. Hablé de cómo el pueblo es una raíz que te sostiene, pero también te jala. No sé si tiene sentido. Pero lo subí. Espero que alguien lo vea».
El video, «Luces del patrono», era un carnaval: luces parpadeantes, risas, el tambor de la cumbia. Niño Rata hablaba desde un banco, con el bullicio de fondo. «A veces quiero irme», decía, mirando al suelo. «Pero este lugar es mi piel, aunque me apriete». Los comentarios no crecieron, pasaban los días y nadie la daba me gusta, revisaba las métricas y eran casi nulos, eso le apretó el pecho, esperaba que alguien pudiese leerlo e interactuar, en el fondo, sabiendo o sin saberlo, buscaba apoyo, sentirse comprendido y aceptado.
Los sábados siguientes fueron una amalgama de polvo y cansancio. Niño Rata se levantaba al alba, con la mochila llena de guías para estudiar y un nudo en el estómago. El transporte era un juego de azar: a veces un vecino le daba la cola, a veces caminaba kilómetros bajo el sol o la lluvia.
Llegaba tarde a clases, con el cuaderno arrugado y el hambre apretando. Para regresar, esperaba horas en la parada, con las monedas contadas y el estómago vacío. Pero seguía yendo, con los ojos fijos en un horizonte que aún no podía nombrar.
Entonces, el internet de la universidad, que usaba para publicar desde la biblioteca, se cayó y en el caserío no tuvo para recargar el plan de datos porque gastó en medicamentos para su mamá y el resto en la comida.
Un mes entero sin servicio. La ansiedad lo devoraba, el pecho apretado, las noches sin dormir. El blog era su cuerda, su puente al mundo más allá del pueblo. Sin él, estaba atrapado, su voz ahogada. Escribía borradores en su laptop, guardándolos para cuando la conexión volviera, pero cada día sin publicar era un grito atascado en la garganta.
Entrada #5: «Silencio en la pantalla»
10 de mayo, 1:57 a.m. (Publicada el 15 de junio, tras restablecerse el internet)
«El internet de la universidad lleva un mes caído. Un mes entero. Voy a clases, tarde como siempre, pero no puedo publicar. No puedo leer sus comentarios. Escribo borradores en la laptop, pero no es lo mismo. Es como hablarle a una pared. La ansiedad me está comiendo vivo: las manos me tiemblan, la cabeza no para. El blog es mi voz, mi salida, y sin él, soy solo Niño Rata, el raro, atrapado en este pueblo.
Sigo cortando caña, pescando, ayudando a mi madre a coquear maíz. Sigo yendo a la universidad, aunque llegue tarde. Pero sin internet, siento que me desvanezco. Nina sigue hablando de irnos, de la ciudad, y quiero ir, pero el miedo pesa. Si me la llevo debo tener ingresos que permitan alquilar una pieza y la comida. Y la universidad… es un sueño, pero está tan lejos. El internet volvió hoy, y subo esto desde la biblioteca, con las manos aun temblando. Necesito que lean esto. Necesito saber que no estoy gritando al vacío».
Los comentarios llegaron, un salvavidas:
RioSinFin: «¡Rata, volviste! Te extrañamos. Sigue, no estás solo».
EstrellaFugaz: «El silencio no es para siempre. Tu voz sigue aquí, y te escuchamos».
Niño Rata los leyó, con la garganta apretada. La pantalla brillaba en la biblioteca oscura, un hilo frágil que lo conectaba al mundo. Pero la ansiedad no se iba. Fue al río esa tarde, con su caña de pescar, y se sentó en la orilla. Un anciano pasó, mirándolo.
«Rata, ¿sigues con esa máquina?» —preguntó, señalando la laptop en su mochila.
«Es más que una máquina», respondió, mirando el agua. «Es mi manera de existir». El anciano negó con la cabeza y siguió su camino.
En el pueblo, ayudaba a su madre en el patio, echando comida a las gallinas, lavando el corral de los cochinos. En el fogón se reunían, el humo se arremolinaba mientras ella hablaba de su abuelo, un hombre que nunca se doblegó ante la tierra. «Tú tienes su sangre», decía, con orgullo. Él asentía, pero su mente estaba en Nina, en la universidad, en los comentarios que llegaban desde lugares que nunca había visto.
Una tarde, mientras cargaba sacos de maíz en el boulevard, Nina lo encontró. «¿Pensaste en lo que te dije?» —preguntó, con los brazos cruzados y una mirada que cortaba.
Niño Rata dejó el saco en el suelo, limpiándose el sudor. «Nina, no sé. La universidad, el blog, el trabajo… es mucho. No quiero decepcionarte».
Ella dio un paso más cerca, su voz baja pero firme. «No se trata de decepcionarme, Rata. Se trata de que no te decepciones a ti mismo. ¿Quieres pasarte la vida cortando caña, mirando desde la orilla? Yo no. Pero no me voy sin ti». Se dio la vuelta, dejándolo con el polvo en los zapatos y un nudo en el pecho.
Entrada #6: «Raíces en el maíz, puentes en la pantalla»
16 de mayo, 3:33 a.m.
«Hoy ayudé a mi madre a coquear maíz. El comal quema, el maíz huele a casa, y por un momento siento que pertenezco. Pero luego pienso en Nina. Quiere que nos vayamos, que dejemos el pueblo. Y no sé si puedo. No quiero cortar caña para siempre, pero si me la llevo, tendré que trabajar más, en algo que tal vez me aplaste. Y la universidad… los sábados son un infierno. Llego tarde, empapado o quemado por el sol. Para regresar, espero horas, con el estómago vacío y las monedas justas para el pasaje y las guías. Vivo a 45 minutos de la ciudad, y cada viaje me recuerda lo lejos que está todo.
La laptop es mi puente, como dijo EstrellaFugaz. Cada entrada, cada video, me conecta con gente que no conozco, pero que me entiende. El mes sin internet fue un abismo, pero volver a publicar me devolvió el aire. Subí un video desde el patio, con el comal de fondo. Hablé de cómo el pueblo es una raíz que te sostiene, pero también te jala.
No sé si estoy listo para arrancarme, pero tampoco sé si quiero quedarme.
La tecnología cambió el pueblo, aunque no lo vean. Doña Rosa ahora habla con sus hijos por WhatsApp. Don Lucho comparte memes en el grupo del dominó. Ayer en la cancha me detuve a mirar y entiendo que muchos somos arrastrados por el día a día, a algunos nos da miedo romper este ciclo, que no sé si es malo o bueno, pero es más seguro que la ansiedad de no saber qué nos pasará en lo desconocido, pero para mí, el blog, es más: es mi voz, mi manera de no desaparecer.
Ustedes, los que leen, los que comentan, me hacen sentir que no estoy solo. EstrellaFugaz escribió que puedo llevar el pueblo conmigo. Empiezo a entenderlo: la tecnología no es solo una pantalla, es una manera de ser, de contar, de existir. Sigo cortando caña, pescando, yendo a la fiesta del patrono, cogiendo maíz. Sigo yendo a la universidad, aunque llegue tarde. Sigo escribiendo. Tal vez eso es lo que soy: Niño Rata, el que no encaja, pero el que no se rinde».
El video, «El humo del comal», mostraba a Niño Rata en el patio, con el budare crepitando. Hablaba con calma, mirando las brasas. «No sé si me voy o me quedo», decía, «pero este lugar es parte de mí, y mi voz lo lleva a donde voy». Los comentarios llegaron como un río:
RioSinFin: «Rata, eres un poeta. No dejes de escribir».
PuebloLoco: «Bueno, Rata, me convenciste. Sigue con tus videos, pero no te olvides de la cumbia».
EstrellaFugaz: «Raíces y alas, Rata. Las dos son tuyas. La tecnología es tu voz».
Esa noche, Niño Rata no cerró la laptop. Miró por la ventana, donde el cielo se abría como un lienzo. Nina, la universidad, el pueblo, el blog, todo giraba en su cabeza. Pero algo había cambiado. Fue al río al amanecer, donde el agua reflejaba los primeros rayos. Sacó su celular y grabó un video, sin planearlo.
«Esto es para ustedes», dijo, enfocando el río, luego el cielo. «Para los que leen, los que escuchan. Para Nina. Para mi madre. Para el pueblo. No sé si me voy o me quedo, pero sé que mi voz no se apaga. La tecnología me dio un puente, y lo estoy cruzando».
Subió el video, titulado «El río y el cielo», y por primera vez, no dudó. Pero esa tarde, en la plaza, don Anselmo lo interceptó. «Rata, me contaron que quieres irte con Nina a la ciudad», dijo, con una mirada dura. «¿Y qué vas a hacer allá? ¿Escribir en tu máquina? Eso no paga».
Niño Rata respiró hondo, sintiendo el peso de las palabras. «No es solo escribir, don Anselmo. Es contar quién soy, es aprender, es construir algo más grande que la caña. Y eso vale todo». El viejo lo miró, sorprendido, y por primera vez, no respondió.
Al día siguiente, Niño Rata fue a la casa de Nina. La encontró en el patio, tejiendo una hamaca. «Nina», dijo, con la voz firme. «Quiero intentarlo. No es solo dejar el pueblo, no es escapar. Es ir a la ciudad para aprender, para crecer, para llevar este lugar conmigo y compartirlo de otra manera. Vamos juntos, pero este pueblo viene con nosotros, en lo que escribo, en lo que aprendo».
Ella dejó la hamaca y lo miró, con una sonrisa que era puro sol. «Eso es todo lo que necesitaba escuchar, Rata». Pero luego añadió, más seria: «No va a ser fácil. La ciudad no es como aquí. ¿Estás seguro?».
«Nadie está seguro de nada», respondió él, con una risa suave. «Pero quiero construir algo nuevo, y sé que mi voz me llevará lejos».
Nina se acercó y le tomó la mano. «Entonces, hagámoslo. Pero no dejes esa laptop. Es tu puente, y el conocimiento que construyas será tu hogar».
Entrada #7: «El puente al otro lado»
17 de mayo, 4:12 a.m.
«Ayer hablé con Nina. Le dije que no quiero cortar caña para siempre, pero tampoco quiero dejar este pueblo atrás. No es huir. Es construir algo nuevo: un camino de conocimiento, de historias, de raíces que llevo conmigo. La ciudad no es solo un lugar para trabajar o alquilar una pieza. Es un espacio para aprender, para saber más, para tejer lo que soy con lo que puedo ser.
La laptop, este blog, los comentarios de RioSinFin, EstrellaFugaz, y los que leen desde lejos, me enseñaron que mi voz no está sola. Mi historia es la del río, la del maíz, la del pueblo que crepita en el comal. Ir a la ciudad con Nina es llevar esas raíces y plantarlas en un suelo nuevo, donde pueda estudiar, crecer, y contarlas de otra manera. La universidad es dura, los sábados son un caos, pero cada viaje, cada guía que leo, es un ladrillo en el puente que construyo.
Grabé un video esta mañana, al amanecer, con el río de fondo. Hablé de cómo el pueblo no es una jaula, sino una raíz que me da fuerza. La tecnología me dio un puente, y cruzarlo no es abandonar el pueblo, sino llevarlo al mundo, aprender de él y traer ese conocimiento de vuelta, en palabras, en videos, en historias.
Subí el video, «El río y el cielo», y no dudé. Porque sé que alguien, en alguna parte, lo verá. Nina y yo nos vamos a la ciudad. No estoy escapando: estoy llevando mis raíces conmigo, construyendo un nuevo camino con cada palabra que escribo, cada lección que aprendo. El pueblo duerme, pero mi voz no. Y en la ciudad, seguiré escribiendo, seguiré aprendiendo, seguiré siendo Niño Rata: el que no encaja, pero el que nunca se rinde».
Esa noche, Niño Rata cerró la laptop con suavidad. Miró el almendrón en el patio, firme contra el viento.
**
CRÉDITOS Banner elaborado en PSD con fotos propias y logo de IAFO Logos redes sociales