Esta semana tuvo ese sabor raro entre volver y todavía medirme. Después del sudamericano y la molestia en la zona lumbar, he tenido que escuchar más al cuerpo… y también a la cabeza.
El lunes la lluvia decidió por nosotros: nada de stretching. Y aunque suene simple, se siente cuando falta. El martes volví a la pista, y mi entrenador —como siempre— se puso creativo, y sonara masoquista: pero eso me encanta 🤭. De esos días que te sacan de la zona de confort y te recuerdan por qué estás aquí. En la noche, como me hacía falta estirar, me lancé a una clase de yoga en la plaza. Era gratis, así que sumaba, pero siendo honesta… no fue lo mismo. A veces uno no conecta con ciertos instructores y ya, no hay comparación. Igual, aproveché.
El miércoles el parque del este fue el protagonista del inicio de una nueva etapa: más días corriendo, trabajando la frecuencia, afinando ese trote lento que luego sostiene lo rápido. El jueves tocó técnica de carrera, en estaciones. Brutal la clase. José tiene algo clave: sabe explicar, se asegura de que entiendas, transmite seguridad. Y eso vale oro, sobre todo cuando hay grupos grandes.
Viernes y sábado fueron de pausa —cumpleaños de mi amiga Jacky— porque también se entrena viviendo.
Y hoy domingo volví. Ya no se trata de kilómetros, sino de tiempo. Cumplí cerca del 80% del recorrido en zona 2 y me quedo con eso: constancia, sin forzar. Semana tranquila, sin montaña todavía… pero sintiendo que ya casi volvemos a subir con todo.
Paso a paso. Volvemos y aumentamos la dosis
La felicidad no necesita filtro