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Braulio, caballito de río
De tiempo en tiempo, la docena de caballos que poseían eran visitados por personas de diferentes partes del planeta. Su establo era dorado, con varias plantas exóticas y con muchos canales y fuentes de agua brillante. Grandes y pequeñas. Naturalmente, todo extranjero quedaba maravillado ante aquel paradisíaco sitio.
Sin embargo, lo que dejaba atónito al público curioso eran los caballos de los Franchioli. Su contextura refinada, sus ágiles movimientos y su velocidad a galope eran cualidades que dejaban sorprendidos hasta al más incrédulo.
Los Franchios, como eran llamados, eran caballos de carrera, de hecho. A veces adornados con finas telas, otra veces montados por vivaces niños rescatados, los Franchios eran el emblema, el verdadero escudo de armas de Villahermosa.
Resulta que se aproximaba el clásico de Buenaventura y los Franchioli querían exhibir a su "bebé", al más joven de sus cabellos, al llamado Braulio. Éste había tenido un flojo comienzo en las carreras, pero tras meses de entrenamiento con sus hermanos, mejoró considerablemente. Braulio poseía un espíritu indómito, grandes pulmones y extremidades algo más largas que lo usual.
Hubo llegado el clásico de Buenaventura y los Franchioli tenían muchas expectativas puestas sobre Braulio. Para esa oportunidad llevaron consigo a Thamires, una niñita que la familia había adoptado algunos meses atrás. Ella demostraba gran entusiasmo por los caballos y sus carreras. Sin duda, estaba emocionada y sus ojillos brillaban como si contuviera cúmulos de galaxias en ellos.
Braulio iba a salir por el carril número 4. El animal se agitaba con impaciencia, mientras su jinete trataba de calmarlo. A pesar de esto, el cabeza de la familia, Don Vicente Franchioli, le tenía confianza a su joven equino. Entonces, en un santiamén, partieron los caballos. A penas arrancaron y las nubes marrones emanaron del suelo y el estruendo de los cascos hacía eco en la tribuna aún distante de los espectadores.
Era pareja la carrera, pero Braulio tenía la delantera por dos cabezas. En los últimos 300 metros, ya rodeados, observados por la multitud, los jinetes forzaban el paso de los equinos. Entre los Franchioli, Don Vicente y Thamires eran los que más emocionados estaban. Veían a Braulio venir como una flecha parduzca. Robaba el aliento del público y sacaba sonrisas por igual. Era victoria segura, mas algo pasó. Braulio se inquietó de repente, perdiendo el equilibrio mientras soltaba un relincho infantil. Ni Don Vicente ni ninguno en el público lo podía creer.
Braulio terminó de penúltimo y Thamires con el corazón llorando. Mucho se habló, pero nadie supo dar razón de por qué Braulio hizo lo que hizo.
El día después de la carrera, los Franchioli y los pocos pobladores de Villahermosa aún se sentían tristes y confundidos. El pobre Braulio yacía distante de sus hermanos, y con una postura vencida constante, daba una imagen penosa a quien lo viera.
Pasado un tiempo, Don Vicente se acercó en un amanecer al joven caballo para animarlo. Acariciaba su corto y reluciente pelaje, mientras esporádicamente le decía algunas cosas. Braulio sólo andaba por los alrededores del establo con paso derrotado.
Dime, muchacho, ¿le tienes miedo a las carreras?—preguntó como susurrando Don Vicente a Braulio.
El equino no cambió su gesto, pero un brillo débil se pudo notar en sus oscuros ojos.
Don Vicente quería seguir compartiendo más tiempo con él, pero un llamado angustiado resonó en todo el establo.
¡Don Vicente, Don Vicente, ha pasado una tragedia!—gritó muy nervioso uno de los cuidadores del establo.
Pero, ¿qué me dices, Martínez?—preguntó preocupado Don Vicente enseguida.
A los pocos minutos el cabeza de la familia estaba tendido en el suelo llorando, pataleando como niño. Su dolor era inmenso al enterarse que sus caballos, todos excepto Braulio, habían sido envenenados. La tristeza que embargó a la familia provocó más lágrimas de las que todos los canales y fuentes del lugar podían contener.
Poco después, se supo que las aguas del establo tenían un químico altamente tóxico. Y, por más que le buscaron responsables a esto, nunca pudieron tener pruebas contundentes contra alguno de los sospechosos.
Pasaron varios meses antes que los Franchioli pudieron recuperarse de semejante golpe. A ellos quisieron regalarle caballos de todas la razas: árabes, ingleses, españoles, pero se negaban rotundamente.
Mientras tanto, Braulio halló algo de consuelo en su desafortunada vida con una compañera muy juguetona. Esta era Thamires. La niñita rubia de ojos pardos como el pelaje de Braulio, correteaba y saltaba con él todas las mañanas. Parecía ser su juguete favorito entre risas y paseos.
Este dúo fue separado pronto debido a que Don Vicente fue invitado ni más ni menos que al Gran Clásico de San Jerónimo. Ante la negativa de adquirir nuevos caballos, Braulio entonces era el único con el que podía competir. Su entrenamiento se llevó a cabo lejos del establo, cerca del Desierto de las Fantasías. Duró aproximadamente cuatros meses y puso a tope la esperanza de Don Vicente. Su corazón relinchaba como hace tiempo no lo hacía.
Todo parecía dispuesto para que Braulio ganara el Gran Clásico de San Jerónimo, pero una vez más, extrañas reacciones, hicieron que quedara entre los últimos puestos. Era un verdadera pena. Thamires abrazaba a su padre, que desconsolado lloraba sin cesar.
Esto fue como derrumbe absoluto para los Franchioli y su estimada reputación con los equinos.
Braulio intentó varias veces escaparse del establo. Parecía saber muy bien sobre sus fallos y la enorme decepción en su familia debido a ello. Al inquieto caballo se lo encerró y se le mantuvo vigilado. Todo era un cuidado muy especial con él, porque hasta había rumores de que querían robárselo.
Una mañana los Franchioli fueron a bañarse al río de Villahermosa. Pensaban que sería refrescante un día lejos del establo después de tanto drama.
La pequeña Thamires vestía su traje de baño de caballos y una sonrisa ancha y reluciente. Sus hermanos, ochos de ellos, la acompañaron, liderados, claro, por Don Vicente.
La corriente estaba algo fuerte, pero la temperatura estaba deliciosa. Unos nadaban; otros observaban. La pequeña Thamires disfrutó del río cargada por Don Vicente. Ella reía y sus hermanos también.
Luego de un rato, todos salieron para almorzar. Comida muy rica había sido preparada. Todos daban gusto a su paladar. Pero en ese banquete, descuidaron a Thamires, quien, traviesa, fue a darse otro chapuzón. Para cuando Don Vicente se percató, Thamires ya era arrastrada río abajo por la corriente que crecía.
Las lamentaciones se escuchaban por toda Villahermosa. Aunque algunos se lanzaron al río para rescatarla, nadie aseguraba que podían traerla de vuelta viva. Entre el hondo alboroto, resultó que el joven Braulio enloqueció y embistió todo lo que tenía por delante. El caballo sentía, de alguna forma, la tragedia de su adorada Thamires.
Su oído, más fino que el humano, pronto escuchó débiles quejidos entre el ruido que hacía el río. Braulio anduvo a galope esquivando cualquier matorral o roca con los que se topara. Entonces, un relincho corto salió de Braulio cuando vio la cabellera rubia de Thamires entre el bravo río. Como loco, el animal aceleró el paso y se lanzó al agua varios metros más adelante para interceptar a la pequeña.
Fue cuestión de suerte que Braulio alcanzara a sostener a Thamires entre aquel enredado río. Cuando la tuvo consigo, el equino la subió rápidamente a su lomo con un ágil movimiento de cabeza.
Con las fuerzas restantes, Braulio llegó a una de las orillas y puso a salvo a Thamires. Mantenerse firme contra la corriente le demandó mucha energía e inesperadamente ésta siguió incrementando. El animal intentó con todas sus fuerzas salir, pero el río lo arrastró como si fuese una pluma. Entre que salía y se sumergía su cabeza, emitió un extraño sonido. Uno de dolor, de adiós. Lamentaba no ver más a su divertida compañera.
Este acto heroico fue admirado y enaltecido por todos los que conocieron a Braulio. Para su recuerdo, fue mandada a hacerle una estatua en la entrada de Villahermosa. Por supuesto, Don Vicente yacía destrozado por el suceso, pero al menos sentía algún regocijo al ver como Thamires abrazaba y hablaba con la estatua todos los días como si fuera el Braulio real.
En el futuro, Thamires se convertiría en la más grande amazona que el mundo hípico conocería. La popular “La Braulia”.