Sin duda otra de las ventajas de no ponernos un techo en cuanto a aprendizaje, y por el contrario, mantenernos en constante formación, es el incremento de las capacidades concernientes a la profesión bajo la que nos desempeñamos, así como del nivel de productividad en el marco de las actividades correspondientes a la misma.
Y es que el hecho de estar altamente capacitados nos permite ejercer la toma de decisiones con un mayor sustento gracias a la apreciación del entorno de forma holística, valorando cada uno de los factores que componen a la organización y dándole prioridad a aquellos elementos a los que se les deba prestar mayor atención. Del mismo modo, es posible llevar a cabo la resolución de conflictos de forma más eficaz.
La combinación o no de ambos aspectos repercutirá directamente en nuestra reputación positiva o negativamente dentro y fuera de la empresa, al tiempo que proporciona a la compañía mejores índices de productividad por parte del personal.
En este sentido, y más alla de los beneficios que traiga la formación continua a la organización, es importante señalar el aspecto individual. El ser altamente competentes y contar con un buen nivel de productividad necesariamente derivará en reconocimientos verbales o económicos, lo cual, a su vez, juega un rol importante dentro de la satisfacción de las necesidades de autorrealización y de reconocimiento establecidas en la Pirámide de Maslow y sin las cuales nuestro desarrollo óptimo como seres humanos no sería posible.