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¡Hola, querida comunidad de Holus Lotus! Es un placer saludarlos y compartir una vez más en este espacio de bienestar. Hoy quiero hablarles desde mi lente de madre, pero también desde el corazón de la adolescente que alguna vez fui.
A menudo, como padres, entramos a una habitación y lo primero que choca contra nuestra vista es el desorden: empaques de snacks, una botella a medio terminar y nuestros adolescentes "sin hacer nada". Nuestra reacción inmediata suele ser el reproche: "¿No tienes nada que estudiar?" o "Mira cómo tienes ese cuarto".
Pero hoy quiero invitarte a mirar esta misma escena a través de otra lente. Porque si cerramos los ojos por un minuto y recordamos cómo nos sentíamos nosotros a su edad —aquella sensación de que los adultos vivían en un planeta distinto— cuando sentíamos que nadie podía comprendernos o simplemente esos días donde no sabías ni tu mismo lo que sentías y ese desorden emocional de vacío, es ahí donde aprenderás a llevarte mejor con tu hij@.
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Como padres, sufrimos de una amnesia selectiva. Olvidamos que nosotros también estuvimos allí, sentados en una cama, sintiendo que el mundo de los adultos era un lugar extraño y que solo nuestros amigos hablaban nuestro idioma.
En psicología, esto tiene un nombre: la necesidad de pertenencia y validación. Para ellos, este momento de "ocio" es en realidad su oficina de salud mental.
✓Allí se cuentan lo que no nos dicen a nosotros por miedo al juicio.
✓Allí ensayan quiénes quieren ser.
✓Allí, entre una risa y un snack, se están sanando del estrés del liceo y de las dudas que les genera el futuro.
Cuando gritamos, el cerebro del adolescente entra en modo de supervivencia (ataque o huida), bloqueando la parte prefrontal, que es la encargada del razonamiento.
Si recordamos cómo nos cerrábamos nosotros cuando nuestros padres nos gritaban, entenderemos que el grito no enseña; el grito aleja.
La memoria nos permite usar la Validación. En lugar de decir "¡Eres un flojo!", podemos decir: "Recuerdo que a tu edad yo también necesitaba desconectarme del mundo. Entiendo que hoy ha sido un día extraordinario para ti y me encanta verte feliz. Nosotros como padres debemos incluirnos en su mundo para poder comprender su entorno.
Como madres, nuestro lente no debe ser solo para capturar fotos bonitas, sino para capturar momentos de verdad, Gritar es fácil, pero recordar es de valiente. Cuando educamos desde la memoria, dejamos de ver a un "adolescente rebelde" y empezamos a ver a un ser humano en plena metamorfosis, uno que se parece mucho a lo que nosotros fuimos.

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Nuestros adolescentes a menudo en este proceso Se sienten como un rompecabezas al que le sobran piezas. Un día quieren ser artistas, al otro científicos, al otro no quieren ser nada y les gana el desánimo, son como una montaña rusa de emociones que ni ellos entienden, simplemente porque apenas están comenzando a conocerse.

Si pudiera explicarle a otros padres qué es lo que capto a través de mi lente cuando observo a los jóvenes, les diría esto: Ser adolescente es como si te hubieran quitado la piel. Imagina por un momento caminar por el mundo así. Cualquier roce, por suave que sea, duele. Una brisa fresca se siente como un frío polar y una pequeña caricia puede sentirse como un incendio.

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Así es el mundo emocional de nuestros hijos Lo que para nosotros es un simple "arregla tu cuarto", para ellos —que no tienen esa "piel" protectora de la madurez— suena como un ataque personal a su existencia. No es que sean rebeldes, es que están expuestos.
Como no tienen filtros, los juicios de los demás, las expectativas del liceo y nuestras propias ansiedades como padres les llegan directo a los nervios. Por eso se encierran, por eso buscan la oscuridad de su cuarto o el refugio de sus audífonos; están tratando de vendar sus heridas.

Como padres que también pasamos por eso, nuestra labor educativa no es "endurecerlos" a la fuerza. No se trata de gritar para que reaccionen, porque el grito sobre una herida abierta solo causa más dolor y alejamiento.



¿Por qué buscan tanto a sus amigos? Porque entre ellos, todos están igual. En esa foto que ves en mi portada, ellos no se juzgan. Estar ahí, compartiendo snacks y risas, es como ponerse una manta tibia sobre esa piel sensible. Entre amigos, el mundo deja de doler por un rato.


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Educar no es solo guiar con reglas, es validar con presencia. Cuando permitimos estos espacios en casa, estamos siendo padres "base segura". Les estamos diciendo: "Tu mundo es importante y aquí tienes permiso para ser tú mismo".
La próxima vez que los veas así, respira, recuerda tu propia adolescencia y sonríe. Están sanando, están creciendo y, sobre todo, están aprendiendo el valor más grande de la vida: la lealtad.
"Cuando mires a tu hijo adolescente, recuerda que debajo de esa coraza de indiferencia o de esas respuestas cortantes, hay alguien que siente todo al mil por ciento. No le grites a su herida. Mejor, recuerda cuando tú eras quien no tenía piel, y conviértete en el abrazo que tanto necesitaste y que quizás nunca llegó."
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¡Gracias por leerme, nos vemos en los comentarios para seguir compartiendo experiencias!.
Todas las fotografías presentadas en esta publicación son de mi propiedad y fueron capturadas con mi dispositivo móvil Tecno Spark 30. El contenido es original y refleja mi visión personal como madre y observadora.