En un clóset olvidado, tres calzados sufrían el rigor del conflicto. Una bota militar, curtida por el barro y la sangre, yacía junto a un zapato de cuero fino, símbolo de la diplomacia, y una pequeña alpargata con suela de caucho que aún guardaba el aroma de café llanero.
La bota, pesada y fría, se sentía un simple instrumento. Sabía que sus pasos no habían sido suyos, sino dictados por las órdenes de algún general que jamás había pisado una trinchera. El zapato de gala, por su parte, se lamentaba; sus cordones estaban deshechos por la vergüenza de las promesas rotas que terminaron en estallidos. Entre ellos, la tristeza era el velo que asfixiaba el aire.
De pronto, un estruendo sacudió las paredes. La alpargata, pequeña y frágil, comenzó a temblar. En ese instante, el odio y la jerarquía se disolvieron. La bota militar, olvidando su naturaleza rígida, se inclinó para cubrir con su estructura sólida a la alpargata, mientras el zapato de gala rodeaba a ambos en un abrazo con su cordón de seda.
No hubo palabras, solo el calor de la solidaridad en medio del horror. Aquel abrazo fue el puente para superar el desgarro del alma. Al cesar el ruido, la alpargata rozó suavemente el costado de la bota en señal de gratitud. No había medallas ni territorios ganados; esa conexión, ese sufrimiento compartido, fue la única recompensa real en un mundo consumido por las ambiciones de otros.
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Hago constar que he utilizado la herramienta de revisión gramatical Grammarly.
Desde mi cajón de ideas — 14 de mayo de 2026.