Estos días leí un tuit que decía, palabras más palabras menos, que debemos rodearnos de personas que tengan nuestro mismo nivel aspiracional, de manera que cuando se compartan logros individuales, éstos puedan ser celebrados con júbilo por el colectivo, sin que tal acción sea vista o interpretada como una presunción, una petulancia, o una echonería.
Ese mensaje puede tener muchas lecturas. Algunos podrían decir que lo que esa persona percibe es un reflejo de su propio pensamiento, haciendo ver que en la posición contraria actuaría de la misma forma que ahora critica. O que es una persona con tal nivel de inseguridad que no es capaz de creerse los aplausos, incluso podría suponerse que es una víctima del síndrome del impostor. Habrá quien piense que es una persona narcisista, alguien que solo busca reconocimiento, llamar la atención y alardear su grandeza, llegando incluso a humillar al resto. Ojo, estoy lanzando supuestos al aire.
Lo anterior es válido como hipótesis, pues estamos ante el supuesto de que esa persona es el lobo del cuento. Pero, también es válido considerar y evaluar la situación desde su perspectiva, en la que otros son los lobos. Podríamos suponer entonces que quizá quienes le rodean son los inseguros en esta historia y se sienten amenazados o frustrados. Tal vez podríamos pensar que su grupo cercano son una cuerda de resentidos envidiosos que no han alcanzado metas, por tanto, miran con desdén el éxito alcanzado por los demás. O, de repente, solo son unos egoístas incapaces de sentir empatía positiva por la felicidad de otros.
Juzgar a esa persona como el lobo malo disfrazado de caperucita, o convertirlo en la caperucita del cuento, va a depender de la opinión individual de cada lector, la cual será absolutamente subjetiva, basada en sus propias realidades, en la emocionalidad del momento, en lo identificado que se pueda sentir o no con ese planteamiento, en sus propias inseguridades, etcétera, etcétera.
Ahora bien, más allá de todas las conjeturas que puedan surgir en torno al tema, yo sí creo que es importante rodearse de personas que vibren en nuestra misma frecuencia, personas que se alegren genuinamente por las cosas buenas que nos pasen, que celebren nuestros logros como propios, que vivan nuestra felicidad. Obviamente, ello amerita reciprocidad también, recibimos de lo que damos y damos de lo que recibimos. La energía en ese sentido debe ser bidireccional, no podemos exigir ser amados cuando no somos capaces de amar.
Es cierto que cada quien da lo que tiene y que sus acciones son reflejo de lo que alberga su corazón, eso por supuesto involucra las emociones y los sentimientos. De manera que, en el camino nos encontraremos con personas que aun siendo cercanas, sencillamente no empaticen con nuestra felicidad, pero también nos toparemos con quienes sin conocernos experimenten de manera natural esa empatía positiva y nos devuelvan la sonrisa.
¿De qué depende entonces? Yo diría que va a depender de lo que estamos hechos como individuos: valores, ética, sentimientos, educación, moral, que se yo… es como cuando saludas y no te responden el saludo, ¿quién queda mal?
Hace unos meses entré a una panadería, di los buenos días y solo un señor respondió al saludo, al tiempo que me dijo: no dejes de dar los buenos días, los maleducados son ellos, no usted. ¡Que sabio consejo! probablemente la próxima vez que yo entrara a ese lugar me iba a privar de dar los buenos días, total, nadie me iba a responder; pero, sin darme cuenta me estaría sumando al bando de los que lejos de sumar, solo restan.
Es verdad que vivimos en una sociedad cada vez más deshumanizada, insensible y poco solidaria, pero también es verdad que siguen existiendo personas que con sus buenas acciones marcan la diferencia. Quiero pensar que efectivamente los buenos somos más.
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