La vida es la consumación de un deseo irresistible. Es el beso en el que no se ve otra boca que la deseada.
Como cada primer beso, uno se adentra en la boca del otro para jugar con su lengua, para descubrir allí el placer de los sentidos. Y en la perdición del placer se involucra el cuerpo entero, se olvida todo lo que no sea eso, y entonces el cuerpo quiere su propio encuentro con el otro cuerpo. Ya no es suficiente sentir la otra boca, ahora el deseo urgente es sentir el otro cuerpo, ocuparlo. No hay razón. Es deseo ferviente en el que el objetivo es la propia aniquilación a través de la fusión.
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La vida es ofuscación realizada, deseo surgido de su ausencia, atención nacida de la nada.
Cualquier intento de negación, además de absurdo, porque solo supondría una prolongación obsesiva en el tiempo, es irrealizable. Y, ¿por qué negarlo?, se trata de una inmersión que nos convierte en el personaje adecuado para llevarla a cabo.
Y porque estamos viviendo, aún estamos besando.
Y porque estamos besando, anhelamos elevar aún más el deseo para volver a morir junto al cuerpo del delito: uno mismo en el otro.
Tú has deseado esta vida, y para ello has surgido de la nada. Pero, en ella, todo tu objetivo es volver a la nada a través de la misma fusión que te adentró en ella.
Por esa razón, buscas constantemente besos en los que nacer y orgasmos en los que morir.