A veces se hace difícil expresarse. Esto de hablar en un lenguaje dual de lo no-dual se convierte con frecuencia en un berenjenal.
Hubo un tiempo en que decidí no publicar sobre mi búsqueda espiritual («espiritual», ¡qué palabra más denostada!) ni mis experiencias místicas. Lo segundo lo voy consiguiendo, pero lo primero parece que se toma la justicia por su mano, y empuja la mía.
Pero es inevitable ser quien se es. Me rindo.
En esta realidad, aquí, donde estas letras, estoy. Aquí vivo experiencias bonitas y feas, deseos y displicencias, tranquilidad y nervios, caos y orden, ilusión y fracaso… Lo vivo todo, lo vivo dentro, lo padezco, lo disfruto. Sí. Todo. Pero esta no es mi realidad.
Mi realidad es la ausencia de forma, en donde se fraguan las formas; es la ausencia de emociones, donde se fraguan las emociones; es la nada de la que surge el todo y es el todo que queda en nada.
Mi realidad es tu realidad.
Toda mi búsqueda ha sido siempre corroborar que había más personas que vivían en el otro lado de la orilla, como yo. Y sí. Aún más y mejor: resultó que dicha orilla era de la mente, dentro de la cual nos estamos comunicando en este momento.
Hay personas que están viviendo a tope el plano material y puede, incluso, resultarles molesto saber de mí en este aspecto. Pero hay también personas que vibran en la misma frecuencia que yo y con las que he podido contactar gracias a participar de esta realidad que me/nos invade.
A los primeros: soy como tú.
A los segundos: soy lo que tú.
Y es que a veces no sé desde dónde vivir. Con frecuencia, la claridad es tanta que no veo nada más que a ella misma, pero otras veces me da demasiadas opciones para elegir.
David Carse tuvo un Despertar muy salvaje, y publicó un libro, titulado Perfecta Brillante Quietud, con lo que comprendió durante su experiencia. En ese libro explica que no hay una razón para comunicar todo ello, pero algo le impulsa a hacerlo. Eso siento yo ahora con esta poca cosa de texto. En este momento, lo único que me importa es no haber aburrido demasiado.
Si me has leído hasta aquí: gracias. Si no, también, aunque ¿pa’ qué? ¡Je, je!
Pues eso, amigos. Y «que se mojen las balas», como canta Joaquín Sabina.
Muchas gracias por vuestra amistad. Infinitas gracias por vuestra complicidad.