Estoy cansándome de ti,
astuta suerte que doblega mis rodillas,
conflicto en el pecho y susurro en mis oídos,
soledad y compañía llevándose
mis antojos tan lejos de aquí.
Serenidad que abundabas entre mis dedos,
te has fugado con unos solitarios bandidos
que se robaban el tiempo de mis arcas,
y te cambiaron por desánimo y ansiedad,
un mal negocio de ambiciones y locura,
y entre el temor y la agonía quedó rezagada
una emoción que se ríe sin piedad.
El viento barre la esperanza, a pesar que sé muy bien
que volverá arrepentida, callada, sin hacer escándalos,
tal como ladrón en la noche, escalando las paredes de mi alma,
y solo entonces se postrará allí,
en mi pecho, para acariciar mis ansias y hacerme dormir,
en dulce paz, otra vez en silencio.
Eres como la marea de un océano bravío
que inunda la costa y luego se va sin decir adiós,
dueña absoluta de su playa que la añora,
abuso de poder o ternura infinita,
difícil concepto de compleja magnitud,
que desatiende su rumbo en un camino tortuoso,
como si se burlara de un doloroso panorama,
que despunta en la tarde y se oculta en la madrugada.
A pesar de ello no he sentido la aflicción
que me pudo haber dejado tu despedida de ayer,
renovación de mis fuerzas y este tibio amanecer,
pudieran ser las razones que amedrentaron la furia,
tal vez decide mi pecho entre el amor y el deber.
Y es que viendo el cruel panorama
se me ha ocurrido tal vez, que aquí hubo gran confusión,
una lucha de hombres y demonios, en combate furibundo,
con infinita munición,
se pertrechaban en mi hogar, dejando sombría la aurora
aún se ve la humareda, fueron días, fueron horas,
guerra trivial tan absurda que solo duele al corazón.
Capitula lejano el cobarde destino,
pues ve ya perdida su terca campaña,
quedaron a su suerte los héroes triunfales
gritando tenaces sus batallas mentales,
pero yo continuaré olvidando aquel camino.