Era una mañana fría en el pueblo de los pingüinos, tal como les encantaba. El cielo estaba repleto de nubes de diferentes formas. Los pingüinos, fascinados por la vista que tenían sobre ellos, se sentaron a compartir, mientras descifraban las formas de las nubes.
-¡Esa parece un tiburón!- exclamó Polo.
-¡Aquella de allá me parece un oso!- dijo Alaska.
-Debajo de esa hay una que se ve como un iglú- aportó Pico.
Todos parecían divertirse encontrando formas en las nubes, excepto Ícaro, cuya atención no iba dirigida a lo que parecían, sino a cómo se veían por sí solas. Le parecía que las nubes eran hermosas, con sus formas cambiantes, sus tonos blancos a grisáceos, siempre flotando con calma sobre el pueblo, como turistas explorando.
-¡Aquella es muy bonita! ¡Quisiera tocarla!- dijo Ícaro en voz alta, casi sin darse cuenta, llevado por la emoción.
Los demás pingüinos lo vieron extrañados. Polo se acercó con gesto burlón a Ícaro y preguntó:
-¡Ja! ¿Cómo piensas tocar una nube? ¿Saltando?- los pingüinos comenzaron a reír, avergonzando a Ícaro.
-Bueno… Los halcones lo hacen volando… Quizás nosotros podamos… - Ícaro no pudo terminar la frase cuando Polo lo interrumpió.
-¡Son halcones, Ícaro! ¿Acaso eres uno? ¡Porque no lo pareces!- nuevamente estallaron en risas, mientras Ícaro sentía más vergüenza.
-Quizás haya forma de que nosotros podamos volar... Después de todo somos aves...- tras esas palabras, Pico intervino con el mismo gesto burlón:
-Ícaro, somos pingüinos, no estamos físicamente diseñados para volar, es imposible, ni por más que lo intentes- los demás volvieron a reír, hasta que uno volvió a señalar al cielo y decir:
-¡Miren, esa es igualiiiiita a un pingüino gigante!- por lo que los demás perdieron interés en la conversación y siguieron viendo el cielo, mientras Ícaro, con mucha tristeza, se fue a su casa.
¿Realmente era imposible? Ícaro no creía eso, debía existir forma de cumplir su sueño, pero no la conseguiría allí donde nadie lo creía. Ícaro decidió partir en busca de respuestas, pues aunque sería difícil, valía la pena esforzarse por cumplir su sueño. Puso sus pertenencias en su morral y fue rumbo al lugar donde todos podían tocar el cielo con facilidad, el hogar de los halcones.
Ícaro nunca había conocido a un halcón, sólo los veía volar distantes, pero había notado que salían de las montañas, por lo que era a donde iría. En el camino empezó a pensar en su encuentro con los halcones ¿Cómo serían? Siempre los había imaginado como seres sabios y admirables, después de todo tenían la capacidad de volar. ¡Debían ser seres increíbles y capaces de ayudarlo!
Tras un largo recorrido, llegó al pueblo de los halcones. Ícaro empezó a explorar en busca de sus ídolos, hasta que encontró a un grupo de ellos en lo que parecía ser un bar. Se detuvo unos segundos, agarró confianza y se dirigió emocionado a ellos. A medida que se acercaba, notaba cada vez más fuerte un olor desagradable, como a las bebidas que sus padres le prohibían tomar.
-¿Ee-eso es un pingüino?- dijo uno de ellos
-Eso parece ¿Qué hará acá?- comentó otro.
Ícaro sintió timidez, pero tomó impulso y habló:
-¡Mi nombre es Ícaro, y he venido para pedirles que me enseñen a volar!
Los halcones se quedaron atónitos, Ícaro estaba ansioso, cuando de pronto... los halcones comenzaron a reír a carcajadas, en medio de su borrachera, e incluso uno de ellos estuvo a punto de caerse.
-¿Un pingüino? ¿VOLAR? ¡Eso es ridículo!- los halcones siguieron riendo.
-¡Pero ustedes lo hacen! ¡Debe haber alguna forma de que yo también lo haga!- pero sólo logró hacerlos reír más, y comenzaron a hacer mofa de sus palabras, hasta que uno le dirigió la mirada y le gritó entre risas:
-¡LOS PINGÜINOS NO VUELAN! ¡ESO SERÍA IMPOSIBLE!
Ícaro se sintió devastado, salió corriendo del lugar entre lágrimas mientras pensaba ¡Tiene que haber una forma! ¡Aún si los halcones o los pingüinos dudan de mí, yo sé que puedo!
Abajo de la montaña, notó una represa, a donde decidió ir y ver si podía pasar la noche, pues ya era tarde. Al llegar, un grupo de castores lo recibió con mucha amabilidad.
-¿Qué haces afuera tan tarde?- le preguntó el mayor de ellos.
-Tengo un objetivo y estoy buscando la forma de realizarlo- respondió.
Mientras se acomodaban, Ícaro le contaba su sueño y su historia, conmoviendo a los castores, cuando éste le contestó:
-Es un placer tenerte acá, yo soy el Presidente Castor ¿Sabes? Nosotros admiramos a aquellos que luchan por sus sueños. Cuando dijimos que construiríamos una represa en este río tan grande, nos llamaron locos, porque era una idea absurda, pero con esfuerzo lo logramos y aquí estamos, en nuestro nuevo hogar. Somos ávidos constructores, así que si hay algo que podamos hacer para ayudarte, lo haremos.- Ícaro sintió gran emoción con sus palabras, y preguntó:
-¿Es posible construir algo que me ayude a volar?-
-Bueno, nunca hemos visto algo así ¿Pero por qué no?- Respondió.
Durante las siguientes semanas, Ícaro y los castores estuvieron trabajando duro, estudiando, haciendo planos y experimentos, hasta que finalmente, construyeron un vehículo de madera que Ícaro podría usar para volar.
Mucho tiempo había pasado desde la partida de Ícaro del pueblo de los pingüinos. Era otra mañana igual a todas y nuevamente los pingüinos se reunían para admirar las formas de las nubes, cuando un ruido desconocido empezó a sonar in crescendo, confundiendo a todos. Si los pingüinos tuvieran carros, habrían notado que el sonido era de un motor, pero es sabido que los pingüinos no manejan. Cuando ninguno de ellos podía entender el origen del sonido, Polo señaló al cielo y dijo: ¡Hay algo en las nubes!
Todos los pingüinos voltearon y quedaron asombrados al ver, al mismísimo Ícaro, volar felizmente a través de las nubes, sobrevolando el pueblo y dejando igual de confundidos a los halcones, quienes lo veían con algo de enojo en sus rostros. Había cumplido su sueño, Ícaro el pingüino estaba volando.
Este cuento es mi participación para el Concurso de cuentos infantiles en homenaje al escritor venezolano Aquiles Nazoa, saludos.