Si quieres ser como esa gente grande, esa que a todos gusta, búscate colores brillantes, variados, vístete de seda y gabardina, píntate un rostro encantador, adorable, uno que no pase desapercibido.
Habla luego palabras inteligentes, de esas que casi nadie entiende, muévete y sonríe como tu personaje, te aseguro que a muchos engañaras. No se te ocurra mostrar esas partes feas que también son tuyas, esas inseguridades, esos miedos infantiles que aun te persiguen, esas rabietas.
Hazte un hombre grande, sí, porque tú sabes que el mundo no es para niños.
Esconde esos sentimientos de temor, esas dudas. Despide a la ternura y entiérrala allá donde ha de morir también la ingenuidad, esa fiel amiga que de seguro te abandonará luego de haberla dejado plantada varias veces.
Haz hablar todas esas voces que no son tuyas pero que la gente grande ama, ante las cuales se rinden suspirando deshaciéndose en halagos.
Aquieta tu voz, acállala, sabes que es muy pequeña para que alguien la pueda escuchar. Si se quiere revelar dile que hay otras voces más capaces y avezadas, de seguro te creerá.
Acostúmbrate a estar aburrido, la gente grande no entiende esos chistes tontos que no tienen sentido, no saben de esa magia que tenemos los niños, ya sabes esa que no hace falta explicar.
Pero si un día te das cuenta que tomaste el camino corriente, el de toda la gente, y el traje te comienza a apretar, debes saber que puedes quitártelo. Estar desnudo me hace vulnerable, me dirás… y yo te diré: acompáñame a jugar… esos trajes no son para niños, ya basta de tanta charla vámonos a jugar…