La pandemia ha sido una situación límite en nuestras vidas, un evento inesperado, sorpresivo, que de pronto nos ha obligado a replantearnos el modo de vida que habíamos conocido. Su impacto en el futuro es impredecible, nadie sabe a ciencia cierta cuáles serán los nuevos patrones de comportamiento con los que tengamos que lidiar y, lo más importante, si podremos adaptarnos a esos cambios.
Sobre las posibilidades del cambio en el ser humano hay por lo menos dos creencias, los que dicen que tenemos una especie de naturaleza imperecedera, inmutable, por lo que estamos condenados a ser siempre los mismos, y los que sostienen que a lo largo de la historia hemos dado suficientes muestras de nuestra capacidad de adaptación.
Los procesos de cambios individuales y sociales están relacionados con la posibilidad de cambiar los hábitos que tenemos.
Los hábitos son esas pequeñas conductas repetitivas, que hacemos de modo automático y que usamos permanentemente, la mayoría de las veces sin darnos cuenta, momento a momento, a lo largo de nuestras vidas.
Todos tenemos hábitos, unos positivos otros no tantos; el lado de la cama por el que nos levantamos, el ritual con el que nos servimos la mesa, la forma como hacemos ejercicios, la manera cómo disponemos nuestro entorno de trabajo, la compulsión al consumo, todo, todo, está ordenado de acuerdo a algún hábito.
Llegamos a los hábitos no por elección sino por un proceso de ahorro de energía presente en nuestra naturaleza biológica. El cerebro para ser eficiente va sistematizando pequeñas rutinas, las graba y las reproduce de modo automático cuando sea necesario. Una vez aprendidas las deja allí de modo permanente. De esa manera gana tiempo y energía evitándose aprender lo mismo desde cero, una y otra vez. Es así como aprendemos a caminar, a andar en bicicleta o a manejar automóviles. Pero también es así como aprendemos, por ejemplo, a comernos un chocolate cuando estamos angustiados, o a salir de shopping para matar el fastidio. En todo hábito está presente un componente de placer.
No hay dudas que en estos largos días de encierro una buena parte de nuestros hábitos ha sido profundamente alterada. Todo lo que tiene que ver con la vida social y nuestros patrones de consumo ha sido trastocado. Ante esa situación es bastante probable que hayamos adquirido nuevos hábitos para hacerle frente al reto del aislamiento. El volcado masivo a los medios digitales es muestra de ello. Se ha incrementado el uso de las redes sociales y del internet en general para mantener la actividad social. Ahora se han multiplicado iniciativas como los conciertos virtuales, las lecturas comentadas vía electrónica, los chats, en fin… Se ha expandido la socialidad digital.
Con la adquisición de nuevos hábitos y con el abandono o modificación de otros nuestro cerebro cambia y, por lo tanto, nosotros también. En teoría luego de esta experiencia tendríamos que ser distintos, tendríamos que tener más disposición para establecer otras valoraciones de la vida y la realidad. Después de todo, los cambios de hábitos nos renuevan como personas. Esa es una perspectiva esperanzadora.
Pero el hecho de que hayamos adquirido nuevos hábitos no es garantía de que los viejos hayan desaparecido. Es casi seguro que a ninguno de nosotros se nos haya olvidado cómo conducir un automóvil luego de este largo confinamiento. ¿Pasará igual con todos aquellos hábitos relacionados con nuestros patrones de consumo y nuestro comportamiento social? ¿Volveremos a los mismos desafueros luego del encierro? ¿Podremos establecer una relación más responsable con el entorno y nuestros semejantes?
Las respuestas las tendremos a medida que comencemos con las rutinas suspendidas. Ahí nos daremos cuenta si podemos cambiar o si estamos condenados a repetir los mismos fracasos.
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