La escena sucede rápidamente, me revienta en la cara, en el medio de la calle. Un hombre joven, de no más de 30 años, reprende a un niño, como de siete, de la forma más severa. Con el dedo índice en posición acusadora y el rostro descompuesto le grita al menor: ¡No quiero oírte una queja más! El niño lo mira con desconcierto… asombrado… con el miedo reverberando en la mirada.
Detrás de esa explosión de ese padre hay muchas historias ocultas que se podrían rastrear hasta los días de su infancia. Reprender a otro no es un conocimiento que nazca con nosotros, es un aprendizaje. Lo adquirimos en algún momento de la vida. Seguramente que en su crianza él mismo fue marcado por expresiones como esa, ahora actúa de acuerdo con lo que se ha hecho costumbre, sin tener clara consciencia del efecto que pueda producir en el niño.
Somos lo que decimos
Las palabras que usamos no surgen de la nada, como dice el precepto bíblico: “de lo que rebosa el corazón habla su boca”. Así que muchas cosas deben andar mal en la vida de él para que se viera desbordado y la emprendiera contra el niño. Pudiéramos encontrar muchos atenuantes para entender una actuación como la del muchacho de esta historia, pero tenemos que estar claros que el maltrato marca la vida de las personas.
En esa sentencia: ¡No quiero oírte una queja más!, hay demasiados mensajes dañinos en los que el padre no ha reparado. Sí él mismo entendiera y analizara la frase seguramente que nunca la usaría. Hay todo un programa de educación emocional en esas palabras.
Meditar sobre los significados
Por un lado le está diciendo al niño que no es libre de expresar sus sentimientos, solo puede hablar de aquello que se le permite. ¿Cómo queda aquí el tema de la libertad, como concepto, y personal? ¿Cómo impacta esto el futuro desempeño de un ciudadano en la vida social? Son muchas las implicaciones que puede tener el reforzar una conducta de sometimiento.
Además, el padre también le está enseñando que hay emociones censurables, de las que no se puede hacer mención, con las que hay que lidiar en soledad, sin compartirlas. Tragándoselas como si fueran una amarga poción que envenena el alma lentamente. ¿Puede crecer con un sano equilibrio emocional una persona criada con esos mensajes?
Pensar antes de hablar
Tendemos a soltar las palabras sin meditarlas mucho, sencillamente dejamos salir lo primero que nos viene a la cabeza. Hacer lo contrario, meditar antes de hablar, calcular el daño que estamos haciendo cuando le lanzamos a alguien cualquier expresión lesiva de su integridad o sus sentimientos, requiere un entrenamiento que no abunda en la vida cotidiana. Lo más fácil es ir dejando un reguero de frases lamentables.
Tomemos en cuenta que lo dicho no hay forma de recogerlo. Una vez que lo dejamos correr allí quedó. A lo sumo, si somos conscientes de las implicaciones de nuestra expresión, podemos pedir excusas al agraviado interlocutor.
Las palabras tienen peso, marcan vidas, son capaces de abrir o cerrar puertas. Prestarles atención es una norma mínima que deberíamos cultivar.
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