He podido tocar fondo en muchos eventos terrenales, he tenido de cerca ambos extremos de la emotividad humana, he palpado los placeres y desdenes mostrados por manos ajenas y por ello puedo decir con firmeza que somos un rompecabezas compuesto de piezas pertenecientes aquellas personas que pasaron por nuestras vidas.
Cada persona nos llega para mostrarnos algo, sea bueno o malo, todo dependerá de las experiencias padecidas junto a ella. Con los años nos damos cuenta que somos el resultado inminente de un molde sentimental, matizado especialmente por miedos y rechazos. Estos nos pasa cuando solemos tropezar una y otra vez con la misma piedra.
Sentimos miedos porque estos fueron los frutos de un mal encuentro. Sentimos rechazo por no querer pasar por los mismos senderos.
Muchos nos volvemos sátiros de la vida, no creemos en los buenos sentimientos, en el amor verdadero, y cuando hablo de amor me refiero al amor en general, no solo el ámbito de pareja. No creemos que entre tanta porquería exista algo realmente valioso.
Otros se mantienen firmes a pesar de sus malas vivencias, ratifican su buena fe y su real esencia, pues escudarse no una opción.
Aun cuando nos vistamos o no con una coraza, siempre quedará en nuestro ser algo de esas personas, una palabra, un gesto, un hábito o un simple despertar. Se convierte en el momento perfecto para abrir los ojos que yacían vendados del mundo real. Después de esa persona ya no visualizamos de igual manera, pues para algunos veremos todo más nítido, y estará más atento a las adversidades; y para otros todo se empañará de tal manera que no podrá ser capaz de apreciar lo bello de lo grotesco.